Ahora que en CrisCractal y en Nómadas Square se habla de fotografías y de cine me ha venido a la memoria una tarde de hace algún tiempo. Había ido a comer con unos amigos, en un día húmedo de mediados de enero, y tras la comida nos fuimos a una terraza de la Alameda, aquí en Valencia, para tomarnos otro café y, tal vez, una copita con la que acabar debidamente aquel encuentro tantas veces postergado. Pero era un jueves y la gente tenía cosas que hacer, así que la reunión no tardó mucho en disolverse.
Como aquella comida me había dejado buen sabor de boca, decidí tomarme la tarde libre, y no se me ocurrió otra cosa que ir directamente a la librería Railovsky. Hacía mucho tiempo que no entraba en Railovsky, desde aquellos tiempos en que me compraba muchos libros de cine para aquellos cursos que nos inventamos Josevi y yo.
Di un paseo por el mostrador, saqué libros de los estantes, miré páginas en donde se reproducían fotografías y escenas de películas, y acabé llevándome un libro de Daniel Mordzinsky que se llama Fotógrafo entre escritores. Más de 350 páginas llenas de retratos en estupendo papel satinado. Ahí los escritores posan: algunos, muy afectados; otros, con el decorado preciso para realzar su naturaleza; muchos, con falsa naturalidad, y casi todos, creyéndose importantes.
Pero hete aquí que la fotografía que más me gusta es ésta de Eduardo
Mendoza, sin apenas atrezo. He oído decir que su estudio, en donde escribe sus novelas, apenas tiene decoración. Tampoco sus novelas son muy ornamentales, pero eso no las priva de interés. A veces no hace falta nada especial para resultar interesante.
También me gusta esta foto de Enrique-Vila Matas, pero por razones distintas. Vila-Matas, como siempre, está haciendo literatura, ya sea en la calle, en una foto o en un libro. Si no lo hubiera visto en persona, aseguraría que Vila-Matas no existe, que es tan sólo un personaje literario.
Hay muchas otras fotos que también me gustan, claro, pero hoy he elegido estas dos . Tal vez otro día vuelva a abrir el libro de Mordzinsky y me llame la atención otra fotografía. Tal vez. Pero eso, en todo caso, será otro día.


Si te lanzas por la ventana, puedes morirte o no. Todo depende de cómo y sobre quién caigas. Puede, incluso, que se te aparezca en tu portal una jovencita lunática que te pida refugio en una noche otoñal. De súbito, tus pesadillas ya no son tan horribles e, incluso, puedes volver a coger el sueño junto a ella viendo películas antiguas de Fred Astaire. De repente, todo cambia. Pero hasta el más tonto sabe que sólo has de dejar pasar el tiempo para que todo vuelva a ser lo mismo. Entonces, mientras te lavas las manos y tarareas el Happy Birthday to You, te entra un momento de lucidez y te lanzas de nuevo al vacío.
compulsivamente: post, relatos, novelas, poesías, obras de teatro, artículos, tesis, panfletos, misivas, panegíricos, hagiografías…, ¡qué se yo! El caso es inundarlo todo de palabras, para que no quede ni una sola en la recámara.
habíamos comprado tres nuevos, cogió al azar tres ejemplares de otra estantería y me dijo que me deshiciera de ellos. Los miré melancólicamente y, sin que se diera cuenta, los volví a colocar en su sitio.
que recuerdan a una película de Woody Allen. Justo cuando nos sirven la ensalada de espinacas con parmesano y dátiles miro por la ventana y veo un ático que se vende. Todavía es una visión. Todavía es algo que está fuera, en una calle de Valencia en un día de septiembre.
formalmente imperfecta, ha envenenado su placer de lector y lo ha llevado a la felicidad y a la excitación febril con que de niño y adolescente leía la serie de Dumas sobre los mosqueteros. Claro, tío, es un best-seller, ¿no te das cuenta?, sin notas a pie de página ni metanarratarios. Son libros gordos, que compra la gente, como los de Ken Follett y John Grisham, o, por estos pagos, Ildefonso Falcones o Ruiz Zafón. ¿Qué pasa?
desentraña algo de la ironía chusca que desprenden sus presentadores. Oye, y las chicas que salen no están nada mal. Entonces dirá que ahí sí, ahí sí que hay ingenio, agazapado en oscuros escribidores, y que las chicas no son objetos decorativos, sino auténticas heroínas que luchan por la igualdad de oportunidades. Y además, que su figura no se extingue al desconectar el aparato, sino que su imagen pervive en la retina hasta más allá de la medianoche, donde la pulsión erótica hace su aparición y bla, bla, bla.
afirmaba que el cantante iba a poner su voz a un navegador GPS. Pero el intérprete de Forever Young se tomaba un poco a chacota su cometido e ironizaba con que, más que guiar, podía despistar al conductor: “La siguiente, a la izquierda. No, a la derecha. Bueno, mejor, siga recto”.
He leído a ratos perdidos Ni de Eva ni de Adán, la última novela de Amélie Nothomb. Confieso que no la he encontrado ni bien ni mal, ni todo lo contrario. Pese a todo el bombo que le han dado (entrevistas en El País Semanal, reportajes en televisión, portadas en revistas literarias, etc.) no acabo de ver ‘el acontecimiento’. A no ser que la autora sea, ella misma, ‘el acontecimiento’.