Fito
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¿Y a qué viene todo este rollo? Bueno, pues que hoy no haría lo mismo. Hoy, si escribiera una novela (¡Dios no lo quiera!), me pondría a mí mismo de protagonista: alto, guapo, con ojos verdes, inteligente, culto… Se me reconocería enseguida. Trabajaría en una universidad como investigador (esto me mola bastante) y formaría parte de un grupo de personas con una alta cualificación profesional. En este grupo habría informáticos renacentistas, diosas griegas, estilistas chomskyanos…
Como me gustan bastante las novelas policíacas, en la mía habría un muerto. Matarían a alguien conocido, pero no mucho, que despertara el interés del protagonista y de un grupo de gente. Ese grupo se reuniría en un bar. El bar estaría regentado por un tipo simpático que, un día, se quedó pegado a la barra y decidió convertirlo en su negocio. Al local acudirían siempre los mismos, que, a fuerza de coincidir, empiezarían a entablar amistad. Habría tipo alto con fino bigote a lo Clark Gable, siempre atento para venderles seguros a las damas que entraran en el local. Un médico aficionado al canto, que arrastraría su melancolía por las mesas buscando una explicación a la conducta humana (de las mujeres, se entiende, esos “seres tan extraños”). También estaría una profesora de literatura, dibujando cuadrículas en donde encajar cada uno de los actos vitales (propios y ajenos) y marcando pautas de conducta. Una traductora de alemán, una ONG ista que te invitaría a conferencias sobre el tercer mundo, un chistoso profesional, un cascarrabias… Y un artista, que pasaba por allí.
Para algunos el asesino sería una mujer, sin duda. Para otros, un o una amante despechado. Habría quien pensara que el asesinato era la confluencia de distintas variables. También habría quien se solidarizara con la víctima, quien contara chistes a propósito del muerto y quien dijera que todo era una chorrada. El artista se marcharía de allí sin saber qué se discutía. Naturalmente, todos (menos ella) se tomarían un whisky.
¿Alguno se reconoce en esta historia? Bueno, pues cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Se ha muerto Leopoldo Calvo-Sotelo. Era un tipo serio, tal vez demasiado para esa España que lo que quería a toda costa en aquella época era divertirse. Todavía me acuerdo de algunos de los chistes de la revista El jueves: uno de los que más gracia me hizo era un tipo que entraba en una farmacia para pedir un sonmífero verdaderamente eficaz. Lo había probado todo y estaba desesperado. El farmacéutico le daba los discursos grabados de Calvo-Sotelo y le aseguraba que era un remedio infalible. También recuerdo a Sandro Pertini, en la final del mundial de fútbol de España, riendo y gritando como un loco junto al Rey, mientras que Calvo-Sotelo, con cara de entierro, permanecía hierático mirando el espectáculo con sus grandes gafas de concha. Aquel hombre estaba en las antípodas de todo lo que que sonara a mediático. ¿Se imaginan a Calvo-Sotelo dirigiéndose a la cámara al final de un debate televisivo, escogiendo su mejor perfil y diciendo con cierto aire de galán: Buenas noches y buena suerte?
Para casi todos, Calvo-Sotelo era un tipo aburrido que representaba el pasado. Por eso fue barrido sin piedad por el joven y atractivo Felipe González.
Pero hace algunos años, vi a Calvo-Sotelo en un programa de televisión. Lo entrevistaban a propósito de un libro que había escrito y me quedé sorprendido con su perspicacia, su ironía, su forma de decir las cosas. Era un tipo serio pero divertido, sonreía lo justo, sólo levemente, cuando dejaba caer alguna de sus ironías, muchas de ellas sangrantes. Aquel tipo manejaba los silencios y los gestos como nadie, sin necesitar de ningún mentecato que le dijera como sonreír a la cámara. Me senté en el sillón y disfruté como un loco. Luego, al cabo de una semanas, vi su libro en un librería. No me gustan ese tipo de libros, pero leí allí mismo alguna página y volví a flipar con su lenguaje. Esta mañana he leído que Calvo-Sotelo sabía cálculo infinitesimal y física cuántica, además de haber leído a Heisenberg y a Heideger.
¿Qué hacía un tipo como él en un país y en una década como aquélla?

Insistió tanto que, al final, tuve que sacar la obra del cajón y ver qué posibilidades tenía de publicar. Además de los elementos ya citados, en la novela salían algunos profesores que yo había tenido durante la carrera y que no eran muy de mi agrado, con nombres más bien ficticios pero perfectamente identificables. Naturalmente, aprovechaba la situación para darles un buen rapapolvo. No se me olvidaba que algunos de ellos me habían suspendido. Injustamente, por supuesto.
Le volví a decir que no. Pero insistió y, al final, me puse manos a la obra. Cambié los rasgos físicos del protagonista, lo convertí en estudiante de derecho, eliminé todas las referencias a los profesores, desdibujé a una chica demasiado identificable… En fin, sólo dejé la época de los 80, la patinadora y la trama, es decir, lo puramente inventado.
Y así se publicó, en el año 2002. No la he vuelto a leer, pero, ahora, tanto tiempo después, una de dos: o ya no la reconozco y me parece una novela ajena, o la reconozco y no tengo más remedio que salir a la calle y comprar todos los ejemplares, para evitar que alguien la lea.
AVISO. Este post, y los que siguen, los escribí (o pensé, ya no lo sé) antes del 28 de abril, fecha en la que una tal Eva repartió impunemente unos ejemplares con tapas rojas a los allí reunidos. Vaya para ellos este post (y los que siguen).
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Hace casi diez años escribí una novela que se llamaba Patinazo artístico. El libro contaba la historia de un estudiante de filología que acababa la carrera y se disponía a hacer la tesis doctoral. Mientras la estaba redactando le ocurrirán una serie de cosas que darían al traste con su incipiente carrera académica. La novela la leyeron unos cuantos amigos que se rieron mucho con la historia y que creyeron (estoy seguro) que era autobiográfica.
Luego, la guardé en un cajón y me olvidé de ella.
Unos años más tarde me llamó una amiga y me dijo que andaban buscando novelas para un proyecto editorial que se ponía en marcha. Como a mí me acababan de dar un premio por una novelita que había escrito, me preguntó si tenía algo para publicar. Naturalmente, le dije que no. Volvió a insistir y le volví a decir que no, que lo único que tenía era un “divertimento” imposible de sacar a la luz pública. “Tráemelo”, exigió. Pero no podía. ¿Cómo iba a darle una novela en la que el personaje principal era filólogo (como yo) y mandaba a paseo la tesis (como yo) durante esa década maravillosa que fueron los años 80 (época en la que yo estudié). La gente identificaría a ese personaje conmigo (lógico) y pensaría que a mí me había ocurrido todo lo que le sucedía al protagonista (cosa ya no tan lógica, porque un novelista tiene eso que se llama “inventiva”). Yo no me había enamorado de una patinadora ni había acabado como acaba el personaje de la novela. Pero seguro que la gente se creería que lo que le había pasado a él me había pasado previamente a mí.
No digo que algunas cosas no me ocurrieran. Pero el ochenta por ciento era pura inventiva.
La tarde del domingo se consumía lentamente entre las canciones de Carole King, el café con leche sin azúcar, aquel estudio tan aburrido de Aumont sobre la estética del cine y el libro de Cortázar, Rayuela, leído ya muchas veces y cada vez con más desorden, saltándose páginas, capítulos, sólo atendiendo a los párrafos subrayados. No en vano este libro eran muchos libros. Estaba sobre la mesa del estudio, o en el brazo de un sillón, o en la mesilla de noche, o, también, en un banco del Jardín Botánico, o sobre el césped de los jardines de Viveros. Daba lo mismo. Se podía abrir por cualquier página y empezar a leer: “Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”.
Cuando Julio se acercó la taza a los labios, con el café con leche ya frío, Carole King cantaba So far away, doesn’t anybody stay in one place anymore, y a través de la ventana sólo se veía la silueta ennegrecida de los edificios próximos. El sol se había ido, la tarde de aquel domingo tan plácido como anodino se marchaba sin decir adiós, y la música ponía el sonido ambiente preciso a esa mezcla de alegría y tristeza que invadía la atmósfera de la habitación. Sacó un teléfono móvil de un cajón, lo conectó, marcó un número, esperó una respuesta y, a continuación, dijo mecánicamente que el artículo iba por e-mail a la redacción. Emitió un “chao” desganado y colgó
Es verdad. Qué lejos ha quedado todo.
Un artista en caída libre. Así titula un periodista el artículo que firma sobre el futbolista José Antonio Reyes. Me hace gracia esa expresión: en caída libre. ¿Quién no se ha sentido así alguna vez? La verdad es que con el paso de los años va cayendo todo: el cabello, la juventud, las fuerzas, el ánimo.
A mí me han caído tantas cosas que ya ni me molesto en recogerlas. Últimamente, me dicen que también voy perdiendo neuronas porque veo más arte, emoción y belleza en un gol (de Morientes, por ejemplo) que en un verso de Rimbaud. La verdad es que me da buen rollo ver al Moro, a Messi o a Fernando Torres en el campo. Los ves revolverse en el área y te da el subidón.
Pero es verdad que Reyes va en caída libre; tal vez por el poco peso de su cabeza. No sé qué vio el refinado Arsene Wegner cuando se lo llevó a Londres, pero debió de alucinar con él y, sobre todo, con su familia. Una vez, la matriarca, Mari, al enterarse de que el hotel valía 200 euros, decidió pasar la noche en el vehículo, con el padre, el hermano y la novia. El coche era un Mercedes SLR McLaren valorado en 550.000 euros.
Pero, aunque se conduzca con los pies, hace falta cabeza. Y si no, ya se sabe.
Debo decir que el nombramiento del nuevo Gobierno de Zapatero me ha producido, más bien, indiferencia. Zapatero me parece ahora un “producto” de plexiglás, sobre todo después de haberlo visto en los debates con su “colega” Mariano. No lo pude evitar y me dio la risa cuando se despidió en plan actor: Buenas noches y buena suerte. Casi me meo.
Lo que ya no me da tanta risa son las opiniones de los periodistas sobre las nuevas ministras. No es que me considere un defensor de las mujeres, ni siquiera de los hombres o de los homosexuales. Me defiendo a mí mismo, y no siempre. Pero que los periodistas no tengan otra cosa más ingeniosa que decir que los habituales chistes de corte machista me deja bastante preocupado. David Gistau llama a Carme Chacón, “la del bombo”; Jiménez Losantos tilda a Bibiana Aído como “la flamenca” y Javier González Ferrari vuelve a cargar sobre Chacón y dice: “Hemos pasado del recluta con niño a la ministra de Defensa con niño, aunque todavía en camino”.
¡Ay!, qué risa. Estos chicos deberían abandonar rápidamente sus redacciones e irse a actuar a El club de la comedia. Urdaci ya lo hizo y le salió muy bien.
Siempre me han atraído las historias de tipos solitarios y marginales. A lo mejor es porque yo también lo soy (solitario, digo). He leído en El País un artículo de Enric González titulado “Tipos solitarios”. Debo decir que, tal vez, leo a Enric González sólo porque lo conocí en Segovia, en el Festival Hay. Me pareció un tipo interesante. A pesar de que hoy en día te puedes comunicar a través de pantallas digitales y tal, creo que la relación personal es insustituible y te da una dimensión de las personas que difícilmente puede transmitir una pantalla pixelada.
Dicho esto, hablaré de quien habla Enric González en su artículo: de Jeffrey Bernard, un periodista británico cuya principal afición consistía en apostar a los caballos y largarse al pub Coach and Horses a pasar sus buenos ratos bebiendo vodka y fumando cigarrillos. Su columna, Low life, se convirtió en un modelo irrepetible porque Bernard era uno de esos tipos irrepetibles capaz de hacer obras de arte con el humo de sus cigarrillos y su apestoso aliento de wodka. Bernard escribió su propia necrológica y dijo en tercera persona de sí mismo que “su alcoholismo alcanzó tal gravedad que se vio incapaz de desempeñar el trabajo más sencillo. En consecuencia, se le aconsejó que se dedicara al periodismo”.
Enric González también nombra a otros solitarios que se dedicaron al periodismo porque, tal vez, no podían desempeñar otros trabajos más sencillos: Josep Pla, Julio Camba, Feliciano Fidalgo. A este último lo recuerdo hablando, con su voz carajillera y entrecortada, los domingos por la mañana en aquel programa de radio que presentaba Concha García Campoy. Y en lá última página de El País. Dice de él González que “era un espíritu libre, enfermizamente generoso” y que “procuró morir solo y arruinado. Lo consiguió parcialmente”.
Si se para uno a pensar, hay que ver cuánta compañía nos hicieron y nos siguen haciendo esos tipos solitarios.
Hay gente que dice que empezó a escribir después de leer El Quijote o Crimen y castigo. Me parece muy bien. Yo las leí cuando todavía no tenía veinte años; me gustaron y tal, pero no sentí unas enormes ganas de escribir después de leerlas. En realidad, lo que a mí me gustaba cuando tenía dieciocho años era el cine, y, en especial, las películas de Woody Allen.
A esa edad yo formaba parte de un grupo de cine (me parece que esto ya lo he contado en otra ocasión, así que pido disculpas por mi pesadez). Como todo el mundo quería dirigir e interpretar, quedó libre el oficio de hacer argumentos, tramas y diálogos (no puedo decir que eso fueran “guiones”). Mi maestro era Woody Allen y mis historias eran muy parecidas a las suyas.
Luego, me olvidé bastante del cine, un poco menos de la literatura, y me dediqué a otras cosas propias de la edad.
A principios de los noventa, me encontré con un libro que me cambió la vida. Se llamaba y se llama Describir el escribir (Descriure escriure, en su original catalán), y su autor es Daniel Cassany. Es uno de esos libros que salen a tu encuentro para recordarte cuál es tu lugar en el mundo. No te dice cómo escribir sino qué es escribir. Además, te recuerda que un “escritor” no es siempre ese tipo alucinado que redacta a golpe de whisky e inspiración, sino aquel que sabe plasmar sus pensamientos en una hoja de papel. Nada más. Y nada menos.
Le debo mucho a ese libro. Una vez lo releí para escribir un artículo sobre diarios personales y volví a sentirme feliz. Y muchas veces lo miro con cierta nostalgia, como quien mira una fotografía antigua en donde se aúnan todas los recuerdos de una época. Una época pasada y feliz. La época a la que nos gustaría regresar.