
Fui a ver el otro día la nueva película de Woody Allen, Si la cosa funciona, y, efectivamente, funcionó. Quiero decir que me gustó. Me gustó, en primer lugar, por ese paisaje neoyorkino tan característico del director de Manhattan. El bar donde se reúne el protagonista con sus amigos ya invita a quedarte en la historia (sensacional ese detalle de dirigirse a la cámara para decir que los están observando). La historia no podía comenzar mejor.
Pero, lo que me pareció insuperable fue el protagonista (una especie de Woody Allen metido en otro cuerpo), que hace lo que le viene en gana y no se reprime en ningún caso de decir lo que piensa: si tiene que decirle a un niño que es un negado para el ajedrez, pues se lo dice; y si hay que enfrentarse con la madre (y, de paso, decirle que tal vez ella sea la culpable del bajo coeficiente intelectual de su hijo), pues se le dice y santas pascuas. Y si un día, mientras se lava las manos, descubre que su vida es una mierda, pues se lanza por la ventana y aquí se acaba todo.
Si te lanzas por la ventana, puedes morirte o no. Todo depende de cómo y sobre quién caigas. Puede, incluso, que se te aparezca en tu portal una jovencita lunática que te pida refugio en una noche otoñal. De súbito, tus pesadillas ya no son tan horribles e, incluso, puedes volver a coger el sueño junto a ella viendo películas antiguas de Fred Astaire. De repente, todo cambia. Pero hasta el más tonto sabe que sólo has de dejar pasar el tiempo para que todo vuelva a ser lo mismo. Entonces, mientras te lavas las manos y tarareas el Happy Birthday to You, te entra un momento de lucidez y te lanzas de nuevo al vacío.
Que te mueras o no es una cuestión de azar. O, tal vez, de lo que ese día te haya pronosticado el horóscopo. Seguramente no hay filosofía más válida que el propio azar.

compulsivamente: post, relatos, novelas, poesías, obras de teatro, artículos, tesis, panfletos, misivas, panegíricos, hagiografías…, ¡qué se yo! El caso es inundarlo todo de palabras, para que no quede ni una sola en la recámara.
habíamos comprado tres nuevos, cogió al azar tres ejemplares de otra estantería y me dijo que me deshiciera de ellos. Los miré melancólicamente y, sin que se diera cuenta, los volví a colocar en su sitio.
que recuerdan a una película de Woody Allen. Justo cuando nos sirven la ensalada de espinacas con parmesano y dátiles miro por la ventana y veo un ático que se vende. Todavía es una visión. Todavía es algo que está fuera, en una calle de Valencia en un día de septiembre.
formalmente imperfecta, ha envenenado su placer de lector y lo ha llevado a la felicidad y a la excitación febril con que de niño y adolescente leía la serie de Dumas sobre los mosqueteros. Claro, tío, es un best-seller, ¿no te das cuenta?, sin notas a pie de página ni metanarratarios. Son libros gordos, que compra la gente, como los de Ken Follett y John Grisham, o, por estos pagos, Ildefonso Falcones o Ruiz Zafón. ¿Qué pasa?
desentraña algo de la ironía chusca que desprenden sus presentadores. Oye, y las chicas que salen no están nada mal. Entonces dirá que ahí sí, ahí sí que hay ingenio, agazapado en oscuros escribidores, y que las chicas no son objetos decorativos, sino auténticas heroínas que luchan por la igualdad de oportunidades. Y además, que su figura no se extingue al desconectar el aparato, sino que su imagen pervive en la retina hasta más allá de la medianoche, donde la pulsión erótica hace su aparición y bla, bla, bla.
afirmaba que el cantante iba a poner su voz a un navegador GPS. Pero el intérprete de Forever Young se tomaba un poco a chacota su cometido e ironizaba con que, más que guiar, podía despistar al conductor: “La siguiente, a la izquierda. No, a la derecha. Bueno, mejor, siga recto”.
He leído a ratos perdidos Ni de Eva ni de Adán, la última novela de Amélie Nothomb. Confieso que no la he encontrado ni bien ni mal, ni todo lo contrario. Pese a todo el bombo que le han dado (entrevistas en El País Semanal, reportajes en televisión, portadas en revistas literarias, etc.) no acabo de ver ‘el acontecimiento’. A no ser que la autora sea, ella misma, ‘el acontecimiento’.
En la madrugada del 13 de agosto de 1961, la radio de Alemania del Este interrumpió su programa “Melodías de noche” para transmitir la noticia de que, a partir de ese momento, ya no se podía pasar hacia el Berlín Oeste. La justificación que se dio para el cierre era que había que intentar frenar la avalancha de refugiados que estaba dejando “exangüe” a la RDA. Así que la gente que se levantó el 13 de agosto de 1961 se encontró con que ya no podía pasar al otro lado para ver a su familia, a sus amigos o a la chica que había conocido hacía unos días. Gregorio Samsa también se levantó una mañana convertido en bicho. La historia la escribió un tal Franz Kafka y a estos hechos se les acabó tildando de “kafkianos”, esto es, absurdos o inquietantes.
muro se le llamó “de primera generación”. Como la gente se lo saltaba, se construyó otro muro, y entre los dos se puso arena y se sembró de minas. Encima, los policías fronterizos disparaban a cualquier cosa que se moviera.