Estilema

Octubre 26, 2007

Umbral & Ada

Archivado en: Gente — signos @ 9:47 pm

Esta mañana me ha llamado por teléfono Ada. Hemos estado hablando un buen rato, mientras caminaba por la calle hacia el trabajo. Me ha llamado para agradecerme un correo que le envié hace ya tiempo (ella casi nunca mira internet) en donde escribí cosas sobre Umbral, porque yo sabía que a ella le gustaba mucho Umbral.  Se había muerto, a mí me pilló de viaje y me dejó muy impactado la noticia. Estoy seguro de que si Francisco Umbral  hubiera conocido a Ada le habría escrito una columna.

Reproduzco aquí esas palabras que le escribí a ella y a los de la tertulia del Rodrigo.

Se ha muerto Paco Umbral, que fue mi ídolo cuando tenía veinte años. Era un tipo alto, elegante, con su bufanda blanca, sus gafas de concha, su porte intelectual. Salía en la tele (cuando en la tele salía gente interesante, y no ahora, que sólo salen paletos y horteras) y yo me quedaba embobado oyéndolo hablar, con ese aire displicente y distinguido. Hablaba de Larra, del periodismo, de la movida madrileña, de las señoritas que se ligaba, de los cafés, de la bohemia, de whisky, de Delibes, de Rimbaud, de Baudelaire, y yo lo imitaba. Me había leído La noche que llegué al café Gijón, y Mortal y rosa, y sus artículos en El País, y memorizaba las respuestas que daba en las entrevistas. Luego, salía a la calle, con mi chaqueta raída, mis gafas de concha, mi pelo largo, mi bufanda al cuello, soltaba dos o tres frases memorizadas, y me sentía Umbral. Supongo que hacía el ridículo, pero me daba lo mismo. Yo quería ser así: distinguido, con un toque de elegancia, brillante, satírico, genial.
Esta tarde, en casa de mi madre, he rebuscado entre mis papeles de joven outsider y he encontrado varios artículos de Francisco Umbral, recortados del diario El País de los años ochenta. Hablaban de la movida, del cheli, de Alaska, de una orgía, de señoritas estupendas, de la vida de aquellos años. Y yo me he dejado llevar hasta un tiempo que ya tenía perdido en la memoria.
Había leído por la mañana un artículo en el periódico sobre Paco Umbral y casi me pongo a llorar. Como caiga una lágrima, pensé, emborrono el artículo, y no quiero, quiero recortarlo y guardarlo para siempre. En una foto, se ve al escritor con un libro en la mano, es Días felices en Argüelles, el último libro que leí de él, hace ya un par de años. Cuando he estado en Madrid, me he tropezado con Umbral varias veces, pero nunca me atreví a decirle nada, me daba un poco de corte. Era un tipo extraño, igual te despachaba con cajas destempladas (¡Oiga!, yo he venido a hablar de mi libro), que lo pillabas de buenas y se iba a tomar un café contigo. Siempre que lo vi parecía enfadado, o triste, o melancólico. Un tipo irreal, como una foto de Valle-Inclán.
Y ahora me entero de que está muerto. Y me entero así, de sopetón, cuando vengo de viaje. Ya los periódicos, las radios, las televisiones habían dado la noticia, y yo sin saber nada. Y noto que se me ha ido una parte de mi vida, tengo la sensación de que me estoy haciendo mayor y que se me van perdiendo las referencias, el mundo tal y como lo conocí. Sí, hace tiempo que no leía las columnas de Umbral, y en una entrevista que le oí en la radio hace poco ya no era ni sombra de lo que fue. Pero estaba ahí, siempre quedaba la posibilidad de leerlo, de recuperarlo. Ahora ya ha desparecido para siempre. Y, con él, esos días felices que pasamos en Argüelles.

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