Leo en el periódico que la afición del Liverpool le demostró el otro dÃa a Rafa BenÃtez su adhesión inquebrantable lanzándose a la calle en una manifestación por los alrededores del estadio. ¡Ah!, cómo me hubiera gustado estar por Oakfield Road, ebrio de cerveza y marihuana, rodeado de esos seguidores enfervorizados y gritando Ra, ra, ra, Rafa BenÃtez.
 Para quien no sepa nada de fútbol, debo decir que Rafael BenÃtez fue entrenador del Valencia durante tres temporadas, y consiguió, nada más y nada menos, que dos campeonatos de liga y una copa de la UEFA. Hasta entonces, a mà el fútbol me interesaba un pimiento, y el Valencia era un equipo más bien mediocre (la última liga la consiguió en la era cuaternaria), siempre detrás del todopodeoso Madrid y del temible Barça.
 Pero llego Rafa y yo me convertà en un forofo del fútbol. VeÃa todos los partidos, vibraba con cada ocasión de gol, gritaba como un loco en el bar, celebraba las victorias con cerveza o champán. Hablaba de Cañizares, Vicente, Angulo o Baraja con la misma naturalidad que antes lo habÃa hecho de Todorov, Chomsky o Thomas Bernhard. Comentaba un pase en profundidad, un centro desde la esquina o una internada por la banda izquierda con la misma extensión y profundidad que Lázaro Carreter interpretaba un poema de Góngora. HabÃa encontrado, en fin,  tema de conversación en la barra de un bar, en la parada del autobús o en la sala de espera del ambulatorio.
 Pero Rafa se fue y el Valencia ha vuelto a ser el que era. Yo, naturalmente, me he pasado al Liverpool. Y el otro dÃa (aunque no estaba allÃ) era uno de esos aficionados con cara de energúmeno portando su retrato por las calles de Liverpool y gritando Keep Rafa.
 La tentación, el deseo, la castidad, el ardor, el pecado… Interpretaciones hay miles. Ahora, yo,  de la chica, dejaba la Coca-cola y me tomaba un whisky.
 Normalmente, de los cantantes, de los actores, de los escritores, de los deportistas… sólo vemos la espuma, sólo conocemos a aquellos que salen en la televisión o en la prensa y están en boca de todos. Pero no cabe duda de que existen otros muchos que hacen su trabajo muy dignamente, pero que no gozan del aplauso ni del reconocimiento de eso que llaman gran público.
 El domingo pasado no hubo liga y los periódicos del lunes han notado su falta como un goloso los pasteles.  No les queda más remedio que llenar las páginas deportivas con noticias de baloncesto, de tenis, haciendo una entrevista a alguna estrella del calcio, con reportajes sobre viejas glorias del deporte o… escribiendo un artÃculo sobre Zigor Aranalde, el futbolista olvidado. En efecto, Aranalde es un lateral zurdo al que no le fueron muy bien las cosas por España y probó fortuna en Inglaterra. Juega en el Carlisle, un equipo modesto, y vive allà con Begoña y con su hijo en un apartamento ubicado en lo que fue antiguamente un hospital psiquiátrico.
 Sin duda, Aranalde no es una estrella del Barça, equipo del que es seguidor; ni siquiera es un Cesc o un Fernando Torres, españoles que triunfan en la Premier. Pero tampoco sentirá la presión que deben soportar estos jugadores, cuyos movimientos, pases, internadas o centros son observados al milÃmetro y juzgados con dureza por millones de personas todos los domingos. Es como si este blog, que leen sólo (y a veces) mis cuatro amigos, lo leyeran de repente miles de personas. Yo me sentirÃa muy angustiado pensando que hay un montón de potenciales lectores pendientes de mis palabras. Seguro que me bloqueaba y no me salÃa ni una. Seguro que dejaba de escribir.
 Aranalde se rÃe mientras se toma una cerveza en el pub frente a la estación de Carlisle. Aunque seguramente se perderá la cena de Nochebuena en el caserÃo de su abuela, es feliz haciendo lo que le gusta.
 Leo en el periódico que, entre los catorce “notables” que asesorarán al PSOE para su programa electoral,  se encuentra el lingüista Geeorge Lakoff. Supe de la existencia de Lakoff por un curso de doctorado que hice ya hace unos años que trataba sobre lingüÃstica cognitiva, más concretamente sobre la teorÃa que pusieron en marcha Dan Sperber y Deirdre Wilson y que se conoce como la TeorÃa de la Relevancia.
 Es una teorÃa bastante complicada,  y el encargado de descomplicarla un poco a aquellos alumnos algo perplejos fue Salvador Pons, un profesor de la Universidad de Valencia al que le fui cogiendo aprecio a medida que Ãbamos avanzando en el curso. Antes de conocerlo, yo no creÃa (¡Vive Dios!) en la pragmática y en todas esas zarandajas, pero poco a poco, ese profesor de hablar pausado y sonrisa irónica que parecÃa estar aplicando en clase algunas de las teorÃas que explicaba, me conveció de su utilidad y, sobre todo, de que aquello era un territorio intelectualmente divertido y todavÃa inexplorado en muchas de sus facetas.
El escritor Manuel Vázquez Montalbán comparó a Carlos Boyero con el sulfatán (una vieja marca de lejÃa) por sus corrosivos comentarios. Pero a mà me gusta mucho ese crÃtico de cine, y lo oigo siempre que puedo en la SER, con su voz arrastrada, sus palabras demoledoras y su sabidurÃa cinematográfica. Cada vez que habla Boyero, el mundo (al menos el mÃo) se queda en suspenso en espera del adjetivo con el que va a calificar una pelÃcula, una secuencia o al actor de turno. Me hace gracia que en ese reportaje le pregunten sobre Risto Mejide, otro crÃtico feroz. Los dos son temibles, pero a Mejide le veo algo de pose, de impostura. En cambio, a Boyero todo parece que le salga de las entrañas. Estoy seguro de que sus comentarios hubieran hecho estallar el plató de OT.