Señoras y señores: yo
Este de la foto soy yo. Como se puede ver, no soy ni sombra de lo que fui. Y aunque no se aprecia en la foto, tengo muchos pájaros en la cabeza, pájaros que -la mayor parte de las veces- se transforman en palabras que, de vez en cuando, dan lugar a algo inteligible.
Creo que el mundo se divide en teóricos y prácticos. Evidentemente, yo pertenezco a los primeros. Fui un estudiante obediente y me aprendí toda la teoría, pero desde entonces me pregunto cada mañana cómo aplicar esa teoría a la vida cotidiana. Todavía no he resuelto el problema. Es posible que un día lo logre. Y es posible -igualmente- que ese día sea, más bien, decepcionante.
Por lo demás, me gusta el vino tinto, la música y la poesía. Estos tres elixires tienen la facultad de sacarme del mundo. Disfruto mucho viendo pasar los aviones porque siempre creo que voy en uno de ellos. También me gusta escribir a mano, pero -como se observa en la Figura 1- mi letra no la entiende ni dios. También tengo otros gustos y aficiones, pero como decía no sé quién, no hay nada más aburrido que contarlo todo. Así que me despido atentamente y hasta otra.
El otro día entré a un cajero y encontré a un mendigo tumbado en el suelo. La cosa no tiene nada de particular, porque quien más, quien menos se ha encontrado con un mendigo en uno de esos lugares, al abrigo del frío invernal. Lo curioso es que el mendigo estaba leyendo El Cultural, el suplemento sobre libros, música y pintura que dan los jueves con el diario El Mundo. Como yo también leo El Cultural (algún vicio hay que tener), me quedé mirándolo, intentando descubrir en sus ojos vidriosos algún destello de un pasado más alegre, sin tanta penuria económica, con más libros, con más amigos.
El otro día fui a ver Expiación, la película basada en la novela de Ian McEwan. Vi una vez a McEwan en Segovia caminando por la calle, con las manos en los bolsillos, entretenido en mirar a la gente que había por las aceras y los bares. Era septiembre, pero hacía frío y llovía un poco; es decir, que el ambiente era British, pero la chistorra, los calamares y el griterío eran muy Spanish. Tal vez eso le hacía sonreír.

Iba conduciendo y, de súbito, la vida se redujo a esa canción. Creía que era Beth Orton y, sin querer, me acordé de esa chica que hace años me pasó una cinta con canciones de Beth Orton. Resulta curioso que le gustara ese tipo de música tan melancólica a ella, tan fría, tan cerebral.
Leí en el periódico una entrevista con Luis Eduardo Aute y me decepcionó profundamente su afición a los toros. Decía que el mundo se dividía en dos: “taurinos y marcianos”, y que el toro es “seducción y engaño, muerte, sexo, estética, riesgo, valor. Lo tiene todo”. Nunca he entendido que un tío en una plaza redonda con un traje ridículo y un pobre animal ensangrentado puedan representar todo eso.

