29 de febrero
Mañana será 29 de febrero y serán muchos los que escriban y reflexionen sobre esta jornada que nos regalan cada cuatro años. Pasa lo mismo con esas horas que nos dan y nos quitan cada otoño y primavera. Lo que me fastidia es que me las den y me las quiten por decreto, el último domingo de octubre y de marzo, y no cuando me vengan bien a mí.
Pasa lo mismo con el 29 de febrero. ¿Por qué no se inventan un 31 de abril o un 32 de enero? Puede que a mí febrero no me guste, que esté pasando una mala temporada y prefiera los días felices de enero o abril. Puede que yo lo diera todo por una hora más, por un día más, precisamente cuando no está contemplado.
O por un día menos. ¿A quién no le ha sobrado un día en el calendario? Ese día en el que todo se tuerce y nada sale bien; ese día en el que uno dice algo que no debería haber dicho y que lo condena de por vida; ese día en el que se produce un encuentro aciago y que marca su existencia durante mucho, tal vez demasiado, tiempo.
Sí. Que alguien venga y borre, por favor, ese día de abril o de junio.





El otro día leí un reportaje en el periódico en donde vaticinaban la muerte del libro. El aparato que va a sustituirlo se llama Kindle, una especie de iPod de los libros, en donde caben más de doscientos títulos y en el que se puede variar la iluminación de la pantalla y el tamaño de la letra al gusto del consumidor.
Puede que yo sea un hortera en cuestiones musicales, pero siempre me han gustado Los Amaya, y esa canción que resonó en mi cabeza durante muchos años, Vete: “Vete, me has hecho daño, vete / estás vacía, vete / lejos de aquí”. Maravillosa poesía popular.
