So far away
La tarde del domingo se consumía lentamente entre las canciones de Carole King, el café con leche sin azúcar, aquel estudio tan aburrido de Aumont sobre la estética del cine y el libro de Cortázar, Rayuela, leído ya muchas veces y cada vez con más desorden, saltándose páginas, capítulos, sólo atendiendo a los párrafos subrayados. No en vano este libro eran muchos libros. Estaba sobre la mesa del estudio, o en el brazo de un sillón, o en la mesilla de noche, o, también, en un banco del Jardín Botánico, o sobre el césped de los jardines de Viveros. Daba lo mismo. Se podía abrir por cualquier página y empezar a leer: “Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”.
Cuando Julio se acercó la taza a los labios, con el café con leche ya frío, Carole King cantaba So far away, doesn’t anybody stay in one place anymore, y a través de la ventana sólo se veía la silueta ennegrecida de los edificios próximos. El sol se había ido, la tarde de aquel domingo tan plácido como anodino se marchaba sin decir adiós, y la música ponía el sonido ambiente preciso a esa mezcla de alegría y tristeza que invadía la atmósfera de la habitación. Sacó un teléfono móvil de un cajón, lo conectó, marcó un número, esperó una respuesta y, a continuación, dijo mecánicamente que el artículo iba por e-mail a la redacción. Emitió un “chao” desganado y colgó
Es verdad. Qué lejos ha quedado todo.