Hace una mañana gris, plomiza. Llueve en la avenida del Cid. Es una lluvia fina, intermitente, que deja en la atmósfera un tinte irreal. A mi espalda, un bar con un cartel que dice “Quinto y tapa: 1.20€” Enfrente, un hombre vestido con chándal rebusca en el contenedor de basura. Cruzo por la avenida y al pasar frente al Hospital General veo a un tipo rubio, alto, de rasgos duros. Lleva una muleta y no parece importarle que la lluvia caiga sobre él. Me quedo mirándolo y repara en mí. Deja por un momento de caminar, apoyado en la muleta, y enciende un cigarrillo. Esquiva mi mirada, pero sabe que sigo observándolo. “He visto cosas que vosotros no creeríais”, parece decirme.
He dudado un momento, pero ahora sé que es él. Es Roy. A veces ocurre. Tipos que son expulsados violentamente de la ficción aparecen de súbito en la realidad sin saber muy bien cómo moverse en ese espacio tan extraño para ellos. Son huidizos, desconfiados, recelosos. Aunque reconocidos a veces por la gente, no conocen a nadie. Y nadie confía en ellos.
Roy teme, en el fondo, ser reconocido. Quisera seguir viviendo en la ficción, pero ya no hay vuelta atrás. Alguien lastimó su pierna. Ha pasado más de diez días en el hospital. No ha hablado con casi nadie. No le resulta fácil granjerarse amistades en ese lugar inhóspito. Un resbalón, una navaja, un automóvil a velocidad excesiva acabarán un día con su vida. Esa vida humana que tanto anhelaba.
Sigue cayendo la lluvia. Fría, gris, metálica.





