El hombre es alto, delgado, huesudo. Viste una camiseta gris, unos vaqueros raídos y unas zapatillas azules. Entra en la sala blanca, grande, desolada y
se sienta en un banco corrido, el único banco de toda la estancia. El único asiento de la ciudad, se podría decir. Estira las piernas, piernas largas, y se lleva las manos a los bolsillos. Mira al techo y entonces se fija en un ventilador que da vueltas. Que gira. Como el mundo. Gira, gira, girasol. Gira, gira, giraluna. Sonríe y baja la vista hasta reparar en ese reloj reflectante, verde, digital. Tic-tac, uno; tic-tac, dos; tic-tac, tres. El tiempo no existe y todo es mentira. Menos tú.
El hombre da una vuelta por la habitación. Si pudiera fumar… ¿Quién se iba a dar cuenta? Mira de nuevo al techo y el ventilador le trae la brisa del mar. Ahora mira al suelo, la tierra, esos ladrillos pequeños por donde pisamos sin dejar huella. Puntos de colores que me guían hacia ti. También están en un lienzo, también están en un lugar de la memoria. Todo es memoria, todo es recuerdo. Incluso tú.
El hombre encuentra una ventana y mira hacia el exterior. Es de noche.
Todo es oscuridad, salvo una ventana que irradia una fuente de luz, salvo una ventana que refleja vida, salvo una ventana detrás de la cual se ve una silueta. Y esa silueta sólo puede ser…

Me he levantado pronto en este maravilloso domingo invernal. Aprovechando el solete que entraba en casa, me he puesto a hojear Muertos S.A., uno de esos libros extraños que has de perseguir con cierto entusiasmo para que acabe cayendo en tus manos. Muchos de los relatos que conforman el libro son metaliterarios, por lo que -a buen seguro- gustarán a algunas amigas mías, estupendas profesoras de literatura. En uno de ellos, el protagonista, que es profesor en la Universidad de Salamanca y estudioso del Lazarillo de Tormes, además de miembro de una sociedad espiritista, logra ponerse en contacto con el espíritu del gramático Juan de Valdés para preguntarle si él es el verdadero autor del Lazarillo. La respuesta del autor del Diálogo de la lengua se puede leer en el relato titulado “Un extraño legado”.
