
El otro día vi que estrenaban en mi ciudad La comedia nueva o El café, la obra de Leandro Fernández de Moratín. Rápidamente, volví a mis años de estudiante y a mi extraña querencia por ese ”insigne poeta desamorado”.
Y todo fue por la lectura de un artículo en el que Lázaro Carreter lo
calificaba así: ”insigne poeta desamorado”. Hay una sustancial diferencia entre desamorado y desenamorado. El primero es incapaz de sentir amor; el segundo, en cambio, lo ha sentido alguna vez, aunque lo haya abandonado. Moratín no sentía el amor como pasión, sino como preocupación. Podía amar “hasta el límite en que el sentimiento se transforma en arrebato, hasta el instante en que la intimidad del alma debe abrirse” , decía de él Lázaro Carreter. Con todo ese material, ideé mi propia teoría sobre el desamor en las comedias de Moratín y se la conté a mi profesor en un examen. Tordera, que en el fondo era un sentimental, valoró esas palabras en exceso y me puso más nota de la que me merecía.
Todo este rollo viene a cuento por la obra de Moratín que han estrenado en mi ciudad. Y es que no estoy seguro de si me apetece ir a verla. Hace un tiempo vi El sí de las niñas y me aburrí como una ostra. Entre La comedia
nueva o El café o el Barça-Bayern o, mejor aún, el Liverpool-Chelsea…, ¿qué quieren que les diga? Un bar de esos ingleses, una pinta de cerveza, una multitud enfervorecida, un tiro al palo, un gol de Torres (Liverpool number nine), unas risas al final… ¡No hay color!
La evolución de las especies, que diría Darwin.
Eso pensaba hoy, mientras escuchaba cantar a unos mariachis y compartía una comida con mis compañeros (ya amigos, muchos de ellos) del trabajo. Extraña cosa la amistad. Llega casualmente y parece que no se vaya a ir nunca. A veces vas en su busca y se escapa. Otras veces, sólo hay que saber esperar.
que acaban de hacer una película. Me la leí de un tirón, en tres horas o por ahí. Me gustan esas novelas de ciento y pico de páginas que, si te enganchan, te las puedes zampar de un bocado. ”Mi libro es como un sándwich en Preciados, /listo para comerse /sin pensar, de un bocado,/y seguir disfrutando de la calle”, decía el poeta Martínez Aguirre en la primera página de La camarera del cine Doré. Esos libros son como un café con un amigo, como una noche de risas, como una sobremesa que se alarga sin darte cuenta.
chica leyendo. La chica está ahí, ensimismada, ajena a lo que ocurre a su alrededor, con el libro sobre las piernas. Parece una niña pero, en realidad, tiene una edad indefinida, igual puede tener diecisiete que treinta y tres. Pese a que es una avenida con mucho tráfico, ella ha sabido crearse un espacio agradable rodeándose de césped y agua, un paraíso en medio del ruido y del humo de la ciudad. Ella lee todos los días, haga frío o calor, llueva o luzca el sol. Mientras la veo me acuerdo de una cita de Alberto Manguel: “Todos nos leemos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea para vislumbrar qué somos y dónde estamos. Leemos para entender, o para empezar a antender. No tenemos otro remedio que leer. Leer casi tanto como respirar, es nuestra función esencial”.