Hace algunos días se celebró el día de la UNED. En la sede de Valencia se les ocurrió organizar un día festivo en el que la gente pudiera ir allí y recitar el poema que más le gustara. Por allí pasaron políticos, periodistas,
profesores, estudiantes, paseantes y amantes de la vida.
Tal vez fue una apreciación personal, pero me dio la impresión de que, en la mayoría de los casos, la gente había seleccionado con cuidado el poema que iba a recitar, y que esas pocas líneas en verso contenían lo esencial de su pensamiento, su filosofía de vida. Ningún invitado se tomó a broma el acto. Era tal la identificación en algunos casos que parecía que esas palabras no fueran sino de la persona que estaba recitando en ese mismo instante.
El acto, ya digo, estaba abierto a cualquier persona. Yo mismo, que pasaba por allí, llegué y recité un poema. Desde siempre me ha gustado uno de Juan Luis Panero, titulado Un lejano adiós. Pero es demasiado triste. Descarté otro de Luis Alberto de Cuenca, que no me atrevo a recitar en público, y me decidí por uno que habla de la identidad. Se llama Denominación de origen: extranjero y dice así:
La patria es estar lejos de la patria:
una nostalgia de la infancia en noches
en que te sientes viejo, una nostalgia
que sube a tu garganta como el agrio
sabor del vino en las resacas duras.
La patria es un estado: pero de ánimo.
Un viejo invernadero de pasiones.
La patria es la familia: ese lugar
en el que dan paella los domingos.
Mi patria está en el cuerpo de Patricia:
mi himno es su gemido, mi bandera
su desnudez de doce de la noche
a ocho de la mañana. Tras la ducha
mi patria va al trabajo, yo me exilio.
Es de un tal Juan Bonilla. ¿Qué poema hubieras recitado tú?
Parecía bastante despistado, mirando a un lugar y a otro, Rambla arriba y Rambla abajo. Estuvimos bastante rato observándolo y llegamos a la conclusión de que, o había quedado con alguien y le había dado plantón, o, tal vez, no recordaba el sitio exacto de la cita e iba de un sitio a otro tratando de localizar a la persona en cuestión.

aficionado a la lectura, por cierto- me dijo que el corazón le iba a cien por hora leyendo las últimas páginas de la novela. El nombre de la rosa es una pasada. A mí me la regaló una amiga (bueno, un poco más que amiga) cuando los dos íbamos a la facultad. Lo recuerdo perfectamente porque mis amigos no me regalan novelas. Se piensan que yo sé mucho de libros y por eso no se atreven a regalármelos, cuando yo -en realidad- no sé nada de literatura. Yo voy a una librería y me dejo convencer por una portada, unas líneas, un perfume. A veces, acierto y a veces, no. Como en tantas otras cosas. Otras veces, cuando voy a una librería, me encuentro con Juanjo y, entonces, no compro ningún libro y acabamos tomándonos unas cervezas y hablando de cualquier cosa.