Como sabéis muchos de vosotros, ahora lo fines de semana puedes adquirir una película erótica con el diario El País. Yo mismo he visto a gente
comprando alguna, y parecía que se sentía como Woody Allen en aquella comedia en la que el protagonista, tras comprar un montón de revistas serias, pide por lo bajini el Playboy o el Penthouse, a lo que el empleado responde a voz en grito llamando a un compañero que estaba al otro lado de la tienda: EH, ¿TENEMOS EL PLAYBOY? ¿QUEDA ALGÚN PLAYBOY? TENGO AQUÍ UN CLIENTE QUE QUIERE EL PLAYBOY. DÁSELO A ÉSTE, ES ÉSTE EL QUE QUIERE PLAYBOY, le dice señalando a Woody Allen, que intenta esconderse dentro de su gabardina y salir de allí por piernas.
Bueno, a mí esta mañana me ha pasado algo parecido. Le digo al quiosquero, que está sordo y medio cegato: Dame también la película. Y éste desaparece rebuscando entre cajas. ¿Es la película erótica? pregunta a voz en grito. Miro hacia otro lado y repite: ¿Es la película erótica? No sé, no sé, es una película de Jess Franco, respondo haciéndome el intelectual, mientras veo que se va formando una considerable cola. No la encuentro, no la encuentro, grita mientras sigue buscando por entre las cajas. Cuando iba a decirle que daba igual, que se cobrara el periódico y lo dejara estar, empieza a dar saltos de alegría y a chillar “la he encontrado, la he encontrado”. ¿Es Mercaderes del sexo?, pregunta mientras enarbola el DVD. De repente veo a toda la cola pendiente de mí. Bueno, no, respondo, aquí dice que hoy sale Ópalo de fuego. Bueno, sí, Palo de fuego, pero el subtítulo es Mercaderes del sexo, lo pone aquí, debajo de Cine erótico. Además, hay una tía en pelotas. ¿Es ésta o no?
Le doy el dinero y me voy sin mirar a nadie. Con las prisas he bajado a la calle con una camiseta y el pantalón de chándal, pero tenía que haber cogido las gafas de sol, haberme puesto la gabardina y haberme subido las solapas antes de acercarme al quisco. Tal vez en la cola estaba mi vecina, el panadero o la camarera del bar de la esquina. Ahora no me atrevo a salir de casa. Creo que voy a tener que cambiar de barrio.
Yo, señor, no soy malo…, y en la época de la universidá compraba regularmente Playboy, mayormente por los artículos. Ahora compro Man, por los (artí) culos también. Soy asín, un intelestuá orgánico.
¿Por qué será que lo que ocurre en cientos, miles, millones de casas y/o afines heterodoxos cada mañana, tarde y/o noche a cientos, miles, millones de personas sigue teniendo ese poder cuestionador y nos da garlochí? No hay peli porno (yo nunca he visto una entera, acabo antes, perdón…, quiero decir que antes acaba mi interés por su argumento, por favor, ni un simple trávelinj o flaxbá que llevarse a la boca, joé en qué jardín me estoy metiendo), decía, no hay peli porno que presente algo que no ocurra de modo habitual en el domicilio habitual de nuestros habituales (nosotros no, nosotros a la cosa-misionero, que pa eso hicimos la primera comunión).
A ver, rey…, ¿en pantalón de chándal? Yo te enviaba a Guantánamo, pero en el motopatín del marichalar o en la totora ésa del kitín.
comentario por CrisCrac — Mayo 14, 2009 @ 4:24 pm |