Que la vida pende de un hilo lo sabemos todos: el paso del tiempo, un
accidente, una enfermedad… y ¡zas!, se acabó. Pero, últimamente, no hay tregua, ni respiro: Pablo Lizcano, Antonio Vega, Mario Benedetti… Por cierto, muchos han olvidado que Benedetti, además de al amor, también dedicó muchos poemas a la muerte, a la amistad, al paso del tiempo: Cuando éramos niños / los viejos tenían como treinta / un charco era un océano / la muerte lisa y llana / no existía / luego cuando muchachos / los viejos eran gente de cuarenta / un estanque era océano / la muerte solamente una palabra / ya cuando nos casamos / los ancianos estaban en cincuenta / un lago era un océano / la muerte era la muerte / de los otros / ahora veteranos / ya le dimos alcance a la verdad / el océano es por fin el océano / pero la muerte empieza a ser / la nuestra
Ahora me entero de que se ha muerto Rafael Conte, el crítico literario. Juan Cruz dice de él que era un “lector feliz”, porque lo que más le gustaba era leer y, encima, le pagaban por ello. Es una buena forma (o la mejor) de ganarse la vida: hacer lo que a uno le gusta. Una vez, Rafael Conte escribió un libro. Un crítico literario ha de tener huevos para sacar un libro, porque sabe que tres cuartas partes de la profesión se le van a echar encima. El libro se titulaba El pasado imperfecto y en él Conte evocaba sus recuerdos de la vida literaria de los años sesenta en Madrid. Confieso que me hizo gracia el título, El pasado imperfecto, porque me recordó esos extraños nombres que los gramáticos ponen a los tiempos verbales: pretérito imperfecto (como si algo no lo fuera), pretérito indefinido (algo así como perdido en el recuerdo), pretérito perfecto (el de esa gente que todo lo hace bien) o, incluso, el pretérito pluscuamperfecto, que es ya la hostia.
Ahora reparo en que hace tiempo que no aparecían sus críticas de libros en el periódico. Pero lo que más me entristece es que ya nunca podré leer lo que dice Conte de ese libro que todavía no estaba expuesto en la mesa de novedades de cualquier librería.
Sin palabras me quedo cuando leo esos versos que citas de don Mario: “Cuando éramos niños / los viejos tenían como treinta (…) ahora veteranos / ya le dimos alcance a la verdad”. Soberbios. Y me dan ganas de no escribir ya más, porque ¿cómo acercarse un poco a esa comunión de sencillez y hondura que dice Benedetti?
El Conte era un poquico sieso, ¿no, maestro? Murió también Castilla del Pino. “Pretérito Imperfecto”, me ha confirmado el acusica Google, era el título de sus memorias. Igual “las” doy un vistazo.
comentario por CrisCrac — Mayo 25, 2009 @ 2:17 pm |
A Benedetti lo definían como el poeta al que se puede entender sin necesidad de estudiar. Fue el escritor de los analfabetos, quien llenó sus cartas con palabras de amor, de esperanza, de amistad, quien llevo belleza impresa a los rincones más humildes de este planeta.
Castilla del Pino, por el contrario, me parece un personaje muy extraño. ¿Sabes Crisc, que después de haber perdido a 4 de sus hijos, afirmaba que lo peor que le había pasado en la vida era no haber ganado la cátedra? Ya nos contarás de esa biografía.
George, where are you?
comentario por Romi — Mayo 25, 2009 @ 3:42 pm |
Where? Here, In (the Blog) & Out (of the World)
Conte… sieso, sí. Pero como empiecen a desaparecer todos esos gurús, ¿qué hará nuestro amigo Juanjo? Irá a la deriva, sin dioses ni guías, gritándole al viento, con diez cañones por banda…
comentario por Signos — Mayo 25, 2009 @ 7:32 pm |
Me parece que fue al contrario, Romi, y escandalizó porque afirmó algo así como que sufrió más en esa pérdida académica que en lo de sus hijos. Luego se tiraría, supongo, el rollito psycho para justificar esa brutalidad, o quizás lo dijo de otra manera y el periodista (mira qué son burros) lo pilló como lo pilló. ¿Cuatro hijos? No lo sabía.
CrisC, favor, prima Romi. ¿Quisquilloso yo? Noooo, qué disessshh…
¿Y tú, primo, cómo te va? ¿Has visto el Forlán? ¡Guaaaaca! Ay, qué poco va a durar en el Aleti (tú desto, prima, no sabes).
comentario por CrisCrac — Mayo 25, 2009 @ 8:12 pm |