Recuerdo que una vez estábamos un grupo hablando sobre diversos temas y salió el eterno y adolescente problema de la felicidad. En ese momento, llegó JJA, con su aire despistado y bohemio, y, al ser preguntado al respecto, sólo se le ocurrió decir: “¿Pero eso de la felicidad no era una canción de Palito Ortega?”.
Lo mismo me pasa con La buena vida. Para mí, La buena vida siempre ha sido una película, aquella que el menor de los Trueba hizo a mediados de los años noventa. Era una película irregular, fatalmente
interpretada (a excepción hecha de Luis Cuenca), sin ritmo…, pero, no sé, tenía algo, tal vez un aroma del cine francés de Truffaut que te transportaba suavemente a esa etapa llena de complejos y de granos que tanta importancia tiene en algunos.
La buena vida no es la vida real, sino la ideal, cuando el protagonista vuela con su querida Lucía y con sus padres por un París de ensueño mientras suena un música de acordeón. Es la escena más bonita de la película. Es la escena que hemos soñado todos los adolescentes. Es una lástima que la buena vida dure tan poco.
Más tarde, La buena vida pasó a ser un grupo musical. En una época rara de mi vida (¿qué época no lo es?) me sorprendí a mí mismo escuchando a La buena vida en la sección musical de la FNAC. Eran, de nuevo, canciones adolescentes, tan intrascendentes que acababas encontrándoles su trascendencia.
Pero de eso hace tanto tiempo, o tan poco, que no sé qué ocurrirá cuando me encuentre de nuevo con La buena vida.
El otro día me asomé al balcón y me entretuve mirando la noche de junio. La calle estaba tranquila, sólo algunos coches rompían el silencio de vez en cuando con el ruido del motor o de la música de sus casetes (casetes, ja, qué antiguo, quiero decir CDs o MP3). A lo lejos, todavía se podía distinguir algún bar con vida. En una ventana, se veía a un estudiante dando el último repaso a un tema que se resistía a ser memorizado. Todo como en aquel poema de Gil de Biedma: Alguna vez recuerdo / ciertas noches de junio de aquel año… / Las altas horas de estudiante solo / y el libro intempestivo / junto al balcón abierto de par en par…
persona, a veces me acuerdo de una canción. Voy por la calle y empiezan a sonar unos acordes. A veces me acuerdo de los lugares donde sonaba la canción: en el bar de la Facultad; en ese autobús volviendo de Madrid; encima de las nubes, cuando ya sobrevolaríamos la costa británica: no hay nada como tu amor como medio de transporte.
como hubiera hecho Drácula si le hubieran enseñado un crucifijo. Lo siento, le respondí dejándole con la palabra en la boca al tiempo que me marchaba por el pasillo. Se quedó muy perpleja, sabedora de que cuando se me pregunta por algo de literatura, sobre todo contemporánea, me suelo enrollar como una persiana.
en estos años. El otro día, Manuel Vicent narraba las correrías etílicas que se llevaban él y Martín Santos, y cómo Benet se enfadó porque no le gustó la forma en que su amigo le retrató en Tiempo de silencio. Eso por no hablar de los encuentros con Francisco Rico, el profesor, en los que el novelista fingía no haberlo visto y pasar de largo mientras musitaba: “!Qué desagradable encuentro!”.