El otro día estaba leyendo el periódico y me llamó la atención una esquela. No es que yo sea un lector apasionado de esquelas,
simplemente la vi y me llamó la atención. Tampoco me gusta hacer chistes ni bromas sobre estas cosas, tipo Ramón Arangüena, que tiene un libro dedicado exclusivamente a estos menesteres. El humor negro está bien, pero no va mucho conmigo.
Me fijé porque el tipo en cuestión se llamaba Juan María López-Aguilar y Pérez-Griffo. ¡Caramba!, me dije. Seguramente, Juan López Pérez quedaba demasiado vugar y, por eso, empezó a añadir nombres. Es como si, en vez de uno, se hubieran muerto dos. Había fallecido en Montevideo y era “Ministro plenipotenciario de primera clase”. ¡Caramba!, volví a decir. No se conforma con ser “plenipotenciario”, sino que lo es también “de primera clase”. A mí lo de plenipotenciario me sonaba a que tenía mucha potencia, pero no. Plenipotenciario es la persona que tiene plenos poderes para negociar. A veces, el diccionario te saca de dudas. Ayer, sin ir más lejos, Toni me dijo que la palabra “potorro” estaba en el diccionario y que significaba “salero”. Como soy un incrédulo, fui al diccionario y, efectivamente, potorro se utiliza coloquialmente en Álava con el significado de salero (“recipiente en que se sirve la sal”). La aclaración, supongo , será para no confundir con la acepción de “gracia o donaire” que también tiene salero. De lo contrario, podríamos decir: “Olé, qué potorro tienes”, y quedarnos tan panchos.
Bueno, a lo que iba. Se me ocurre que cada uno, en la esquela, podría añadir unas palabras sobre su oficio o cargo: “profesor de química cabroncete”, “ministra super-guay” o “actriz con gran salero” (pero, por favor, aquí no utilizar sinónimos).

que el cruce disléxico no eran tan grave, puesto que los poetas se pasan la vida escribiendo sobre la posesión de su amada: que si lloro por la ausencia de mi amada, que si no me hace caso, que si se va, que si no viene, que si se ha ido con otro y bla, bla, bla.