En la madrugada del 13 de agosto de 1961, la radio de Alemania del Este interrumpió su programa “Melodías de noche” para transmitir la noticia de que, a partir de ese momento, ya no se podía pasar hacia el Berlín Oeste. La justificación que se dio para el cierre era que había que intentar frenar la avalancha de refugiados que estaba dejando “exangüe” a la RDA. Así que la gente que se levantó el 13 de agosto de 1961 se encontró con que ya no podía pasar al otro lado para ver a su familia, a sus amigos o a la chica que había conocido hacía unos días. Gregorio Samsa también se levantó una mañana convertido en bicho. La historia la escribió un tal Franz Kafka y a estos hechos se les acabó tildando de “kafkianos”, esto es, absurdos o inquietantes.
Para que la gente no se creyera que estaba leyendo una novela de Kafka o escuchando un programa radiofónico del tipo “La guerra de los mundos”, la ciudad se llenó de policías y de alambradas. A los pocos días, se empezó a construir un muro de ladrillos que rodeaba todo Berlín Occidental. A este
muro se le llamó “de primera generación”. Como la gente se lo saltaba, se construyó otro muro, y entre los dos se puso arena y se sembró de minas. Encima, los policías fronterizos disparaban a cualquier cosa que se moviera.
Pero como la gente seguía intentano huir hacia ”el imperialismo del Oeste”, levantaron el muro de “tercera generación”, construido con “segmentos de hormigón sin ranuras, de 15 cm. de grosor”. El muro tenía más de 3 metros de altura y estaba coronado con unos tubos de hormigón con amianto que impedían pasar por encima con ayuda de escaleras. Eso sí, tenía un diseño elegante.
Ya en los años ochenta se empiezan a poner detectores y elementos de vigilancia electrónicos. Ese muro, cuya fase de construcción iba a acabar en 1989, garantizaría un “muro 2000 de alta tecnología”.
En 1989 cayó el muro. Hoy, a modo de testimonio, quedan unos pocos metros, a lo que llaman East Side Galery. Hasta lo más kafkiano acaba convertido en arte. En cualquier tienda de souvenirs puedes encontrar trocitos de muro de diferentes tamaños a un módico precio. Seguro que algún familiar de Honecker o de Brezhnev que visite la ciudad cae en la tentación y compran un trocito de muro para decorar el salón.

Me parece tristísimo que se comercie con trozos de hormigón que no significan otra cosa sino la desgracia de muchas personas. En el Palais Royal de Paris se expusieron hace tiempo obras realizadas con estos trozos. Sólo un “artista” optó por encerrar “su” trozo de muro en una Caja de Pandora que él mismo construyó. Arte, dicen.
Comment por Pe. — Agosto 2, 2009 @ 2:23 pm |