Siempre he tenido una extraña fascinación por la gente elegante y distinguida. Veo a alguno de ellos en la televisión o por la calle y, literalmente, me derrito. Resulta muy fácil distinguirlos: basta obsevar cómo se lleva la taza a los labios o escucharle un simple “gracias” para saber que estás ante uno de ellos. Sé que son personas de buena cuna, educados en los mejores colegios y que pasan largas temporadas en Gran Bretaña o Estados Unidos para aprender idiomas; son también altivos, un pelín soberbios y algo despectivos con la chusma. Y sin embargo…
Esta querencia mía por esta gente de alta alcurnia la descubrí hace muchos años, un día de primavera mientras veía en la televisión un programa de gramática y literatura que se llamaba “Hablando claro” y en el que salía de comentarista un tipo que se hacía llamar El marqués de Tamarón. Tenía nombre y apellidos, por supuesto, pero él los sustituía por su título nobiliario. Hablaba El marqués de Tamarón y, de súbito, el mundo se paraba. El marqués de Tamarón, con esa elegancia rancia de la gente de prosapia, era para mí una especie de Voltarire con peluca que había cobrado vida para recordarte todas las cosas que debiste aprender (y no lo hiciste) cuando eras un adolescente pelambreras del BUP.
El otro día me pasó lo mismo leyendo una entrevista en El País con Carles Monguilod. Miren la fotografía y miren cómo empieza definiendo el periodista al personaje: “Abre el paraguas, se cubre y saluda con una
delicada inclinación de cabeza a un vecino. El abogado Carles Monguilod es un ejemplo de exquisitos modales”. Pero resulta que el exquisito abogado también tiene un punto canalla y se dedica a defender a asesinos de ancianas o a El Vaquilla. En el fondo, tiene muy claro dónde está la ley y dónde la justicia.
Me fascinan esos tipos, aunque temo cruzarme con uno de ellos porque yo no estoy por los privilegios de clase y sigo creyendo en la igualdad y todo ese rollo. Ellos parecen de otra época, una época que – a pesar de todo- no se acaba de extinguir por completo. Pero ¿qué quieren?, uno, que ya ha visto mucho, ve a este tipo de personas y piensa que eso de la igualdad sigue siendo una bonita utopía.
Aunque vuelva la revolución, en mi próxima vida yo me pido ser el marqués de Tamarón.
Bueno, Signos, tampoco te deprimas. En primer lugar, me da que Voltaire no tendría ese puntito de elegancia clasista que describes. Al contrario, empleó parte de su fortuna en defender lo que llamamos “causas perdidas”. El individuo ese de la foto a mí no me acaba de resultar creíble. No porque tenga derecho a la elegancia, faltaría, sino por su veletismo (¿existe el palabro?) penal: igual defiende a tirios que a troyanos. O será que yo no acabo de entender eso de que un abogado se debe a sus clientes y no a la justicia. Pero claro, alguien como él sí puede elegir. Que me lo explique alguien.
Y deja esas lecturas tan perniciosas. La igualdad… Entra en un delicatessen de El Corte Inglés, pregunta por los precios del escocés y luego le dices a la chica lo de la igualdad y esas cosas. Yo voy a probar a decirle algo así a una muchacha estupenda esta noche, lo de que su pareja y yo somos iguales, y la abolición de la propiedad privada, y que el cuerpo es la metáfora del dinero… Por si acaso, me pongo chaqueta.
Comentario por Atticus — abril 6, 2011 @ 5:43 pm |
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alguna vez pensé en “doctorar” con una tesis al respecto: ya me pasó la tontuna: escribiré un post
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Comentario por CrisC — abril 6, 2011 @ 10:28 pm |
Dejaros de ‘tontunerías’, porque hasta donde me alcanza la vista, Signos, Atticus y CrisC, sois tres tipos elegantes: no hay más que leeros. Lo que ocurre es que uno siempre ve ‘la elegancia en el ojo ajeno’.
Comentario por paraqueloleas — abril 9, 2011 @ 1:34 pm |
Hay escuelas de “buenas formas”, donde te enseñan a tener “clase”, aunque, los habrá que repitan eternamente, ahí no hay promoción automática (y no lo digo por ti/vosotros, sino por gente que me pasa por la mente). Poderoso caballero es Don Dinero, pero no hace milagros (como puede verse en ciertos programas de pijas ricas sin clase alguna).
Hay una novela, Escuela para nuevos ricos, de MªLuisa Linares, creo, una escritora de novelas románticas que gustaba mucho a mi madre; se las compraba, las leía y las escondía (no por mí, que también me las leía, sino por mi padre, que, con tanto libro como había en casa no comprendía cómo metíamos más). Y la verdad es que era divertida: personas con clase, pero sin dinero, emprendían un crucero-escuela con nuevos ricos. La heredé y hace poco la releí en honor a mi madre.
A mí también me atrae la elegancia, que no está reñida con la hijoputez, pero prefiero que, de ser necesario, (me) puteen con estilo a de la forma grosera imperante en la actualidad. ¿La democracia está reñida con los buenos modos? Espero que no. El otro día por poco me como a un interfecto que me llamaba chascando los dedos. ¿Soy demodé y clasista por pedir un respeto en las formas (y ojalá no fuera solo en las formas)
Comentario por Teresa — abril 10, 2011 @ 4:59 pm |
[...] http://estilema.wordpress.com/2011/04/03/tipos-elegantes/ http://youtu.be/HqiToerMW0c [...]
Pingback por SOBRE LA ELEGANCIA « CRISCRACTAL — abril 10, 2011 @ 8:11 pm |
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a esas pijas ricas que mencionas, si no tienen clase, pues que ya las doy yo -por apenas posada y yantar más algunos cuartos para gastos- alguna que otra clase de lo que gusten: en no siendo matemáticas fractales, lengua de bárbaros o entrega mesma de la mía honra, ya que ésta la prefiero a barcos, ¿o no?
en cuanto a la democracia, no la veo yo objeciones éticas, faltaría moreplús, pero estéticas…, buff, a ese interfecto mascachapas habría que meterle una manta de hostias hasta en el carnet de identidad…, hala, mejor me salgo del jardín
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Comentario por CrisC — abril 10, 2011 @ 9:18 pm |
Yo no estoy seguro de lo que dices, Teresa. A mí me parece que sólo la elegancia entendida como traperío de alto standing puede no estar reñida con la hijoputez. Pero eso es sólo un uso (y no el más importante) de la elegancia, un corte impecable realizado por tijeras que lo mismo sirven para rebanar pescuezos que nóminas.
La democracia no sólo no está reñida con los buenos modos, con la elegancia, sino que es, ella misma, buenos modos y elegancia. Lo otro es aritmética, no democracia. La tiranía es la falta de elegancia con el adversario, no tomárselo en serio, tratarlo como inferior, menor de edad o enemigo a liquidar. La democracia es un sistema de formas. Nada menos.
Comentario por Atticus — abril 11, 2011 @ 3:29 pm |