Dar clase
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 Recuerdo a un profesor que tenÃa en la Facultad. Iba siempre despistado, decÃa las cosas dos veces sin darse cuenta, nos preguntaba si habÃa en clase algún repetidor porque iba a contar una anécdota que ya habÃa contado en cursos anteriores. No sé si era buen profesor (a veces no sé muy bien qué es eso), pero era divertido, sugerente, reflexivo. EscribÃa poemas y diarios, que yo leà mucho después. A veces me lo encontraba en la parada del autobús, mirando hacia el infinito.
 Una vez entró en el aula, dijo que venÃa de comer con una amiga y que no iba a dar clase. A continuación se calló. Nos callamos nosotros también. Estuvimos asà muchos minutos. He olvidado muchas clases; pero ésa,  nunca.
 Voy esta tarde nublada a dar clase y, no sé por qué, hoy me siento él. Miro a los alumnos y, como un resorte, se me disparan las palabras del tema 9. Pero, en realidad, deberÃa haber dicho: “Vengo de comer con unos amigos. No voy a dar clase”.
 Pero no lo hice, pese a que en mi frente se podÃa leer “vengo de comer con unos amigos y no voy a dar clase”. Tal vez dentro de algún tiempo alguien escriba sobre mà y sobre esa clase.
 Iba conduciendo y, de súbito, la vida se redujo a esa canción. CreÃa que era Beth Orton y, sin querer, me acordé de esa chica que hace años me pasó una cinta con canciones de Beth Orton. Resulta curioso que le gustara ese tipo de música tan melancólica a ella, tan frÃa, tan cerebral.

