Los signos y la vida

Joaquín Sabina tiene un poema que habla de los puntos suspensivos. No recuerdo exactamente qué dice, pero más o menos concluye que lo peor del amor es cuando acaba en un punto y no le siguen unos puntos suspensivos. La Real Academia dice que los puntos suspensivos suponen una interrupción de la oración o un final impreciso. Seguramente, Sabina va más por lo del final impreciso. Los puntos suspensivos dejan una idea en el aire, un “todavía puede ser”, un algo que no se dice pero podría darse. Los puntos suspensivos siempre dejan las historias en el aire.
La gente, en sus escritos, utiliza mucho los puntos suspensivos (y me estoy equivocando todo el rato, pongo “putos suspensivos”). Se nota que no acaba de estar segura de lo que dice, que duda, que sabe que todavía pueden suceder cosas. Todos hemos puesto alguna vez en nuestra vida unos putos puntos suspensivos.
En cambio, la mayoría de las personas apenas utiliza el punto y coma. El punto y coma es un corte, pero no tan brusco como el punto. Es empezar de nuevo sabiendo que hay cosas muy próximas detrás, que casi nos tocan y que -a buen seguro- nos afectan. El punto supone acabar una idea y empezar otra. El punto y coma es empezar sabiendo que no todo acaba de un plumazo. El punto y coma es aceptar con elegancia los hechos y seguir con la vida.
¡Qué gran signo el punto y coma! Una pena que esté ya casi en desuso.








