Estilema

Julio 18, 2008

Quinielas literarias

Archivado en: Escritura, Libros — signos @ 6:11 pm

 

  Fue en el el blog de Rafa Reig donde encontré esta quiniela literaria, de escritores de Madrid (o su zona de influencia) frente a los de Barcelona (y alrededores). Ahí va el boleto, con mi pronóstico:

Javier Marías / Enrique Vila Matas ……………..  1
Pérez Reverte / Ruiz Zafón ………………………  2
Eduardo Mendoza / Juan José Millás ………….   X 
Javier Cercas / Muñoz Molina ………………….. 1
Empar Moliner / Mercedes Cebrián  …………   1
Almudena Grandes / Rosa Regás ……………..   2 
Ray Loriga / Kiko Amat ……………………………    1
Marta Sanz / Quim Monzó ……………………….    2
Belén Gopegui / Inma Monsó  ………………….    1
Francisco Casavella / Eloy Tizón ………………     X 
Miquel de Palol / Javier Azpeitia ………………    X
Juan Manuel de Prada / Sergi Pàmies ……….    2
Antonio Orejudo / Vicente Molina Foix ……..    2
Lorenzo Silva / Andreu Martín …………………    2

  Hay algunos partidos muy interesantes: Eduardo Mendoza frente a Juan José Millás viene a ser algo así como el Barça-Madrid. Le pongo una X, aunque cualquier resultado es posible. A Javier Marías-Enrique Vila Matas le he puesto un 1, pero sobre todo por Negra espalda del tiempo. Luego, hay partidos que me interesan poco. Son como el Valladolid-Almería, o el Betis-Mallorca, que tienen que estar ahí aunque despierten poco interés. Sé de alguno que me va a echar la bronca por ponerle un 2 a Pérez Reverte-Ruiz Zafón, y otra que se alegrará mucho. De algunos, no he leído nunca nada y… ahora que lo pienso, hace mucho tiempo que no me compro ningún libro de los escritores que aparecen en el boleto.

  En fin. ¿Alguien se anima a rellenarlo?

Julio 1, 2008

Treinta y uno de junio

Archivado en: Gente, Libros — signos @ 8:49 am

  Le hice caso a Juan Cruz y leí Treinta y uno de junio de mil novecientos noventa y tres, el libro de Daniel Sánchez Arévalo. Lleva el subtítulo de “Un día que no existe en un año en el que no pasó nada”. Es una novela escrita en primera persona, con frases muy cortas y contundentes  que son como pequeñas hostias en la cara. Después de las doscientas páginas, claro, es una gran hostia la que recibes.

  Es una historia dura sobre un perdedor. No sé qué tienen los perdedores que fascinan tanto a los escritores y a los cineastas. El fracaso en el cine y en la literatura tiene mucho predicamento, pero fracasar en la vida es una putada. No hay nada peor que el fracaso. Me han sorprendido unas declaraciones de Risto Mejide, ese enfant terrible de OT, que dice no ser un perdedor porque se divierte mucho fracasando. No sé, para mí que no ha probado nunca el fracaso, que sólo es una pose.

  Treintayunodejuniodemilnovecientosnoventaytres. Así lo escribe Sánchez Arévalo, todo junto, como si lo estuviera diciendo.  Si junio tuviera treinta y un días, hoy sería treinta y uno. El día treinta y uno aparece y desaparece del calendario con la regularidad con la que abrimos y cerramos los ojos. El día treinta y uno es un parpadeo, un blink que dicen los ingleses. Por eso me gusta tanto el día treinta y uno: porque lo sueñas con los ojos cerrados y sólo existe cuando los abres.  

Junio 29, 2008

El olvido que seremos

Archivado en: Escritura, Libros, Películas — signos @ 5:40 pm

 

   Escribe hoy Rosa Montero un artículo en El País Semanal titulado “Recordar es mentir”. Dice que todos los humanos manipulamos nuestros recuerdos porque, a fin de cuentas, hacemos el relato de lo que creemos que ha sido nuestra vida.

  La mentira, claro, no goza de gran predicamento. No nos gusta que nos mientan, pero muchas veces nos mentimos a nosotros mismos porque necesitamos seguir adelante. Decimos “Bah, haré como que no le he oído” o “Pensaré que él o ella no ha actuado así”, y, de esa manera, transformamos la mentira en otra cosa. ¿Es esto malo?

  Decía Vargas Llosa que las novelas mienten porque no pueden hacer otra cosa. Y nosotros nos creemos las mentiras que allí se cuentan porque las necesitamos para seguir el juego de lo que estamos leyendo. En la vida, nos creemos las mentiras que nos contamos porque, a veces, la realidad no nos gusta y la acomodamos un poco a la vida que nos gustaría haber llevado. Toda una novela, desde luego.

  ¿Y qué es el recuerdo? ¿Algo que se tiene o algo que se ha perdido?, se preguntaba un personaje en una película de  Woody Allen. También es cierto, como dice Rosa Montero, que el paso del tiempo distorsiona los recuerdos y que cada uno acaba acomodándolos a su memoria según le ha ido en la vida. Pero a mí lo que más me flipa son los recuerdos mismos. ¿Por qué recordamos unas cosas y otras no? ¿Por qué hay, incluso, recuerdos felices de las épocas malas? Una vez leí una cita en un libro de Alfons Cervera que me ha perseguido siempre. Decía algo así como: ¿De qué forma funciona la memoria? ¿A qué se agarra? ¿Qué nos da a cambio?

  Preguntas de difícil respuesta. ¿No?

 

Junio 19, 2008

Nuevas tecnologías

Archivado en: Escritura, Gente, Libros — signos @ 8:46 am

 

  Se está celebrando estos días en la UNED de Valencia un curso sobre edición y nuevas tecnologías. El primer día, Javier Celaya nos dejó a todos boquiabiertos con su labia y su sabiduría. Naturalmente, habló de los ebooks, de lo libros electrónicos, y dijo que en un plazo corto de tiempo competirían con los libros clásicos de papel. No dijo (como otros agoreros) que uno sustituría al otro, sino que convivirían pacíficamente. Eso está bien. Luego, en la cena, me dejó uno de esos cacharros, lo estuve manejando y ya estoy ansioso por comprarme uno. Es cómodo, pesa poco, caben muchos libros dentro de él, se lee bien y es muy moderno. Yo, en el fondo, quiero ser muy moderno.

  También vino Antoni Navarro, que en plan destroyer dijo que lo viejo ya no servía y había que sustituirlo por lo nuevo. El libro en papel era una cosa antigua y desfasada y había que sustituirlo por los blogs, las redes sociales… El hipervínculo era Dios.  De repente, ya no quiero ser tan moderno.

  Y así estoy. También nos dijo Javier que él pensaba que en un plazo de ocho o diez años desaparecerían los periódicos en papel. Para más inri, ayer voy al quiosco de Lolita, a la que todos los días compro el periódico, y veo un cartel de “Se traspasa”. “¿Y eso?”, le digo. “Pues nada, que me jubilo”. A mí me gusta el periódico de papel, leerlo los domingos por la mañana sin prisa, en la salita de mi casa donde da el solete en invierno y se está muy bien.

  Una vez le pregunté a los alumnos sobre el tema y me dijeron que los periódicos eran una cosa de viejos. Ellos iban a la biblioteca y veían a los abueletes sentados pasando las hojas de Levante.

  Una imagen que, dentro de unos años, será una foto antigua.

Junio 3, 2008

Un libro

Archivado en: Libros — signos @ 1:18 pm

  El otro día estaba en la FNAC pasando el rato cuando me encontré con un libro. En el fondo, los libros no son demasiado diferentes de las personas. Te paras en él como te pararías en ella: te llama la atención la portada (el rostro), el título (el nombre), una frase escrita (una frase dicha).

  Nada más que por la portada ya me lo hubiera llevado. El título, Campo de amapolas blancas, me cautivó de inmediato. Me lo llevé después de leer la primera frase: “Siempre me ha llamado la atención que las novelas escritas en primera persona desarrollen una lujosa y pormenorizada descripción de los gestos remotos”.

  Ahora es domingo por la mañana. No tengo muchas cosas que hacer. Abro el balcón, dejo entrar los pocos ruidos que vienen de la calle, las nubes y los claros, el viento suave, el último toque del campanario. Me estiro en la cama, me desperezo y cojo el libro. Miro de nuevo la fotografía.

  De repente, empiezo a leer y me sorprende la prosa, la propia escritura. Miro la fotografía del autor, Gonzalo Hidalgo Bayal, al que no conozco de nada. Sigo leyendo y la ilusión novelesca me gana casi enseguida. No puedo parar, aunque algunas veces releo algún párrafo, sólo por el propio placer de volverlo a disfrutar. 

  Llego a la última página y en ese momento todos mis sentidos se quedan en suspenso. No puedo ir muy deprisa, paso de un renglón al otro con el mismo cuidado con el que un equilibrista avanzaría por una cuerda floja.  Voy lento, con la vista fija sólo en la siguiente línea: “aún no he encontrado campos de amapolas blancas”.

  Y ahí termina. No sé cuánto tiempo ha pasado. Una hora, tal vez dos. De afuera siguen llegando algunos ruidos de la calle, las nubes y los claros, el vientecillo suave del mediodía.

Mayo 26, 2008

Llover

Archivado en: Escritura, Libros, Películas — signos @ 9:56 am

  Ayer estuve lloviendo toda la mañana. Lloví mientras leía el periódico, tal vez porque ninguna noticia me llamó demasiado la atención. Escribía Javier Marías sobre fútbol (después de tanto tiempo sin hacerlo) y venía a decir que este deporte (y su Real Madrid) ya no son lo que eran. Normal. Pasa como con la lluvia, que tampoco es lo que era: ya no llueve tanto como antes y, encima,  lo hace  a destiempo y de manera más irregular.

  Seguí lloviendo mientras leía un libro de Manuel Cruz y Manuel Delgado, Pensar por pensar. El primer capítulo habla sobre el amor. ¡Ah, el amor!, qué sentimiento tan extraño. Delgado se pasa todo el rato pensando cómo abordar el tema, si en plan académico o desde la experiencia personal. Me subrayé muchas frases del libro, pero me quedo con una de Delgado: “¿A ti eso del amor no te parece, como reza una canción de Mecano, Quédate en Madrid, una ‘mariconez’? A mí la verdad es que sí me lo parece. Aunque cabría añadir: ¿y qué?”

  Y, aunque ya era por la tarde y había aclarado, seguí lloviendo con una película de Chabrol, Una chica cortada en dos, que fuimos a ver y no nos gustó. No nos creímos que esa chica tan guapa, tan joven y tan resuelta se enamorara enseguida de un escritor que no hace nada para seducirla. Hay que ver el amor, aparece en todos los sitios.

  Esta mañana estoy un poco más despejado. Pero no deja de haber nubes sobre mi cabeza.  

Mayo 8, 2008

Novelas (y III)

Archivado en: Escritura, Gente, Libros — signos @ 9:44 am

  ¿Y a qué viene todo este rollo? Bueno, pues que hoy no haría lo mismo. Hoy, si escribiera una novela (¡Dios no lo quiera!), me pondría a mí mismo de protagonista: alto, guapo, con ojos verdes, inteligente, culto… Se me reconocería enseguida. Trabajaría en una universidad como investigador (esto me mola bastante) y formaría parte de un grupo de personas con una alta cualificación profesional. En este grupo habría informáticos renacentistas, diosas griegas, estilistas chomskyanos…

  Como me gustan bastante las novelas policíacas, en la mía habría un muerto. Matarían a alguien conocido, pero no mucho, que despertara el interés del protagonista y de un grupo de gente. Ese grupo se reuniría en un bar. El bar estaría regentado por un tipo simpático que, un día, se quedó pegado a la barra y decidió convertirlo en su negocio. Al local acudirían siempre los mismos, que, a fuerza de coincidir, empiezarían a entablar amistad.  Habría tipo alto con fino bigote a lo Clark Gable, siempre atento para venderles seguros a las damas que entraran en el local. Un médico aficionado al canto, que arrastraría su melancolía por las mesas buscando una explicación a la conducta humana (de las mujeres, se entiende, esos “seres tan extraños”). También estaría una profesora de literatura, dibujando cuadrículas en donde encajar cada uno de los actos vitales (propios y ajenos) y marcando pautas de conducta. Una traductora de alemán, una ONG ista que te invitaría a  conferencias sobre el tercer mundo, un chistoso profesional, un cascarrabias… Y un artista, que pasaba por allí.

  Para algunos el asesino sería una mujer, sin duda. Para otros, un o una amante despechado. Habría quien pensara que el asesinato era la confluencia de distintas variables. También habría quien se solidarizara con la víctima, quien contara chistes a propósito del muerto y quien dijera que todo era una chorrada. El artista se marcharía de allí sin saber qué se discutía. Naturalmente, todos (menos ella) se tomarían un whisky.

  ¿Alguno se reconoce en esta historia? Bueno, pues cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Mayo 4, 2008

Calvo-Sotelo

Archivado en: Gente, Libros — signos @ 11:51 am

 

  Se ha muerto Leopoldo Calvo-Sotelo. Era un tipo serio, tal vez demasiado para esa España que lo que quería a toda costa en aquella época era divertirse. Todavía me acuerdo de algunos de los chistes de la revista El jueves: uno de los que más gracia me hizo era un tipo que entraba en una farmacia para pedir un sonmífero verdaderamente eficaz. Lo había probado todo y estaba desesperado. El farmacéutico le daba los discursos grabados de Calvo-Sotelo y le aseguraba que era un remedio infalible. También recuerdo a Sandro Pertini, en la final del mundial de fútbol de España, riendo y gritando como un loco junto al Rey, mientras que Calvo-Sotelo, con cara de entierro, permanecía hierático mirando el espectáculo con sus grandes gafas de concha. Aquel hombre estaba en las antípodas de todo lo que que sonara a mediático. ¿Se imaginan a Calvo-Sotelo dirigiéndose a la cámara al final de un debate televisivo, escogiendo su mejor perfil y diciendo con cierto aire de galán: Buenas noches y buena suerte?

  Para casi todos, Calvo-Sotelo era un tipo aburrido que representaba el pasado. Por eso fue barrido sin piedad por el joven y atractivo Felipe González.

  Pero hace algunos años, vi a Calvo-Sotelo en un programa de televisión. Lo entrevistaban a propósito de un libro que había escrito  y me quedé sorprendido con su perspicacia, su ironía, su forma de decir las cosas. Era un tipo serio pero divertido, sonreía lo justo, sólo levemente, cuando dejaba caer alguna de sus ironías, muchas de ellas sangrantes. Aquel tipo manejaba los silencios y los gestos como nadie, sin necesitar de ningún mentecato que le dijera como sonreír a la cámara.  Me senté en el sillón y disfruté como un loco. Luego, al cabo de una semanas, vi su libro en un librería. No me gustan ese tipo de libros, pero leí allí mismo alguna página y volví a flipar con su lenguaje.  Esta mañana he leído que Calvo-Sotelo sabía cálculo infinitesimal y física cuántica, además de haber leído a Heisenberg y a Heideger.

  ¿Qué hacía un tipo como él en un país y en una década como aquélla?

Mayo 3, 2008

Novelas (II)

Archivado en: Escritura, Gente, Libros — signos @ 10:23 am

 

  Insistió tanto que, al final, tuve que sacar la obra del cajón y ver qué posibilidades tenía de publicar. Además de los elementos ya citados, en la novela salían algunos profesores que yo había tenido durante la carrera y que no eran muy de mi agrado, con nombres más bien ficticios pero perfectamente identificables. Naturalmente, aprovechaba la situación para darles un buen rapapolvo. No se me olvidaba que algunos de ellos me habían suspendido. Injustamente, por supuesto.

  Le volví a decir que no. Pero insistió y, al final, me puse manos a la obra. Cambié los rasgos físicos del protagonista, lo convertí en estudiante de derecho, eliminé todas las referencias a los profesores, desdibujé a una chica demasiado identificable… En fin, sólo dejé la época de los 80, la patinadora y la trama, es decir, lo puramente inventado.

  Y así se publicó, en el año 2002. No la he vuelto a leer, pero, ahora, tanto tiempo después, una de dos: o ya no la reconozco y me parece una novela ajena, o la reconozco y no tengo más remedio que salir a la calle y  comprar todos los ejemplares, para evitar que alguien la lea.

Abril 30, 2008

Novelas (I)

Archivado en: Escritura, Gente, Libros — signos @ 12:48 pm

AVISO. Este post, y los que siguen, los escribí (o pensé, ya no lo sé) antes del 28 de abril, fecha en la que una tal Eva repartió impunemente unos ejemplares con tapas rojas a los allí reunidos. Vaya para ellos este post (y los que siguen).

 

  Hace casi diez años escribí una novela que se llamaba Patinazo artístico. El libro contaba la historia de un estudiante de filología que acababa la carrera y se disponía a hacer la tesis doctoral. Mientras la estaba redactando le ocurrirán una serie de cosas que darían al traste con su incipiente carrera académica. La novela la leyeron unos cuantos amigos que se rieron mucho con la historia y que creyeron (estoy seguro) que era autobiográfica.  

  Luego, la guardé en un cajón y me olvidé de ella.

   Unos años más tarde me llamó una amiga y me dijo que andaban  buscando novelas para un proyecto editorial que se ponía en marcha. Como a mí me acababan de dar un premio por una novelita que había escrito, me preguntó  si tenía algo para publicar. Naturalmente, le dije que no. Volvió a insistir y le volví a decir que no, que lo único que tenía era un “divertimento” imposible de sacar a la luz pública. “Tráemelo”, exigió. Pero no podía. ¿Cómo iba a darle una novela en la que el personaje principal era filólogo (como yo) y  mandaba a paseo la tesis (como yo) durante esa década maravillosa que fueron los años 80 (época en la que yo estudié). La gente identificaría a ese personaje conmigo (lógico) y pensaría que a mí me había ocurrido todo lo que le sucedía al protagonista (cosa ya no tan lógica, porque un novelista tiene eso que se llama “inventiva”).  Yo no me había enamorado de una patinadora ni había acabado como acaba el personaje de la novela. Pero seguro que la gente se creería que lo que le había pasado a él me había pasado previamente a mí.

  No digo que algunas cosas no me ocurrieran. Pero el ochenta por ciento era pura inventiva.

Entradas siguientes »

Blog de WordPress.com.