Los domingos por la tarde
Los domingos son días extraños. El domingo pasado una amiga mía estaba leyendo este blog “en hora bajas y melancólicas”, lo que no me extraña, porque los domingos por la tarde todo te conduce hacia el bajón y la melancolía. Mientras ella paseaba los ojos por la pantalla, yo estaba en el aeropuerto de Bolonia con Isabel y Vicente esperando a que saliera el avión que nos devolviera a Valencia. Desde el ventanal del aeropuerto, mirábamos la pista de aterrizaje y pensábamos en silencio mil cosas que no se materializaban en nada. “Si no mejoran las condiciones meteorológicas nos veremos obligados a suspender el vuelo” anunció el comandante cuando ya llevábamos un buen rato dentro del avión.
¿Qué estabas haciendo tú el domingo por la tarde? Cierro los ojos y te imagino a ti tumbada a la bartola, leyendo el periódico, con la tele de fondo; a ti pendiente del “Minuto y resultado”; a ti con Alba, o con Marta, o con Juan; a ti no te imagino; a ti superando el desgarrón afectivo, y a ti con tus melancolías.
Los domingos por la tarde sólo hay que dejar pasar el tiempo. Yo lo hacía en la sala de espera de un aeropuerto, junto a Isabel, Vicente y Salvador. Todavía tenía en la retina las miles de cosas que habíamos vivido en esos días de frío y todos los amigos de allí, que nos dieron tanto a cambio de nada.
El avión salió muy tarde, aprovechando unos minutos de bonanza meteorológica. Cuando el aparato tomó altura, la gente empezó a aplaudir. Tal vez porque el domingo había terminado.
Ha pasado mucho tiempo desde el último post, lo sé. Pero como el blog sigue ahí…