Estilema

enero 31, 2008

Señoras y señores: yo

Filed under: Escritura,Gente — signos @ 11:34 am

Jorge  Este de la foto soy yo. Como se puede ver, no soy ni sombra de lo que fui. Y aunque no se aprecia en la foto, tengo muchos pájaros en la cabeza, pájaros que -la mayor parte de las veces- se transforman en palabras que, de vez en cuando, dan lugar a algo inteligible.

  Creo que el mundo se divide en teóricos y prácticos. Evidentemente, yo pertenezco a los primeros. Fui un estudiante obediente y me aprendí toda la teoría, pero desde entonces me pregunto cada mañana cómo aplicar esa teoría a la vida cotidiana. Todavía no he resuelto el problema. Es posible que un día lo logre. Y es posible -igualmente- que ese día sea, más bien, decepcionante.

  Por lo demás, me gusta el vino tinto, la música y la poesía. Estos tres elixires tienen la facultad de sacarme del mundo. Disfruto mucho viendo pasar los aviones porque siempre creo que voy en uno de ellos. También me gusta escribir a mano, pero -como se observa en la Figura 1-  mi letra no la entiende ni dios. También tengo otros gustos y aficiones, pero como decía no sé quién, no hay nada más aburrido que contarlo todo.  Así que me despido atentamente y hasta otra.

 hoja.jpg Figura 1

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enero 28, 2008

En la calle

Filed under: Gente,Música — signos @ 7:26 pm

  Músico  El otro día entré a un cajero y encontré a un mendigo tumbado en el suelo. La cosa no tiene nada de particular, porque quien más, quien menos se ha encontrado con un mendigo en uno de esos lugares, al abrigo del frío invernal. Lo curioso es que el mendigo estaba leyendo El Cultural, el suplemento sobre libros, música y pintura que dan los jueves con el diario El Mundo. Como yo también leo El Cultural (algún vicio hay que tener),  me quedé mirándolo, intentando descubrir en sus ojos vidriosos algún destello de un pasado más alegre,  sin tanta penuria económica, con más libros, con más amigos.

  No pude quitármelo de la cabeza en toda la tarde. Pero al día siguiente, vi a un tipo ya cincuentón, con el pelo largo y canoso, que desenfundaba una guitarra y se ponía a tocar en medio de la calle. Cantaba Knocking on Heaven’s Door y lo hacía bien, entonado, con fuerza, con pasión. Sin duda ese tipo llegó tarde a Operación triunfo, Fama, Factor X y todos esos concursos para jovencitos cachas y  nenas monas que hacen colas para salir un minuto en televisión.

  ¿Y bien?

  Nada. Le di una moneda al tipo que tocaba la guitarra. Y el mendigo leía un artículo sobre Simone de Beauvoir.

enero 26, 2008

Expiación

Filed under: Libros,Películas — signos @ 11:09 am

  expiacion_peq.jpg El otro día fui a ver Expiación, la película basada en la novela de Ian McEwan. Vi una vez a McEwan en Segovia caminando por la calle, con las manos en los bolsillos, entretenido en mirar a la gente que había por las aceras y los bares. Era septiembre, pero hacía frío y llovía un poco; es decir, que el ambiente era British, pero la chistorra, los calamares y el griterío eran muy Spanish. Tal vez eso le hacía sonreír.

  Briony Tallis, el personaje que narra Expiación,  piensa que la ficción puede ser una segunda oportunidad, una ocasión de corregir la desgracia que la vida pueda traer, de ahí que intente expiar sus culpas escribiendo una novela.  Pero no sé yo si esa es la función que tienen las ficciones. Más bien pienso que no.

  La ficción nunca se parece a la realidad porque es una reconstrucción a partir de los pedazos que se recogen de la realidad. Si acaso sirve para reflexionar e intentar explicar lo que ha sucedido. Pero muchas veces la realidad es tan despiadada que ni siquiera vale la pena buscarle explicación. Es así y ya está. Otra cosa, ya digo, es la necesidad que tenemos todos de intentar entender lo sucedido.

  Pero, a veces, ni eso vale la pena. Mejor asomarse a la ventana y fumarse un cigarrito. Y expiar a la vecina.

                            Keira

enero 25, 2008

Trenes que pasan

Filed under: Escritura,Gente — signos @ 4:48 pm

                             Trenes

   La tarde se entrevera de nubes y claros. Sale el sol tímidamente y se vuelve a esconder. Él espera es una esquina y ella pasa con su Ford K, se detiene, le dice que suba y todo sucede como ella había previsto. Él todavía cree estar en la esquina, pero ya está en el coche y la está viendo de perfil mientras se saludan. Es la misma que vio hace unos días y es otra, no sabría decir. A ella le hace mucha gracia la cara de sorpresa que ha puesto al verla. Piensa que le puede parecer una secuestradora, una instigadora de delitos: “Vamos, sube rápido y salgamos de aquí pitando, que nos vienen siguiendo…” Le divierte pensar ese tipo de cosas. Ahora giran a la izquierda y poco más abajo pueden aparcar. Le parece que él está un poco asustado por su manera resuelta y confiada de conducir. Le vuelve a divertir su pensamiento porque piensa de sí misma que es una loca. Pero en el fondo no quiere asustarlo, solo quiere darle confianza. Bajan y comienzan a caminar uno al lado del otro. Tiene la sensación de que es mucho más alto; piensa que tal vez sea por la chaqueta, que lo estiliza. Se siente un poco cortada, pero sabe que él también lo está. 

  Van a un bar, que es como un tren, en zona de fumadores. Emprenden un viaje que los lleva muy lejos, aunque ellos no creen moverse. Él la mira y la encuentra atractiva, un poco más delgada y pálida, pero igual de enigmática. Ella intenta mostrarse receptiva y simpática, pero se siente torpe en sus discursos. Puede que incluso inmadura, aunque ya no sea una veinteañera. Pero es sólo su sensación.

  Él acerca su taza a los labios y la mira: ve su rostro, su pelo, su jersey azul de cuello alto, su sortija en el dedo, su mirada dulce que, de vez en cuando, se queda en suspensión, preguntando algo que él ni siquiera se atreve a pensar. Ella lo mira y sabe que él entiende esa mirada. Sus ojos dicen más que sus palabras. Y siguen entretenidos con las palabras que les entretienen. “Somos el tiempo que nos queda, sólo eso”.  Afuera pasan las estaciones, las horas y la vida.  Y el tren ya va llegando a su destino.

  El reloj de la estación. El andén. Las últimas palabras en la escalera. El último peldaño. El próximo paso. Y un “hasta la vista”.

  

enero 23, 2008

Una canción

Filed under: Clases,Escritura,Gente,Música — signos @ 10:03 pm

Paisaje  Iba conduciendo y, de súbito, la vida se redujo a esa canción. Creía que era Beth Orton y, sin querer, me acordé de esa chica que hace años me pasó una cinta con canciones de Beth Orton. Resulta curioso que le gustara ese tipo de música tan melancólica a ella, tan fría, tan cerebral.

  Blue like the winter snow in the full moon. Así empieza la canción. Luego, el semáforo se puso en verde, se cruzó un motorista y no pude prestarle la atención necesaria. Sólo algunas palabras aisladas: December, ice, promises… mientras veía los árboles desnudos, las nubes grises, el frío de la gente, la tarde rojiza. En la carretera, a un lado, el mar revuelto estrellándose contra el muro de piedra;  al otro, las montañas recortadas, y, al fondo,  el castillo de Sagunto  “iluminado como una enorme vela encendida”.

  I want you to remember me that way decía la canción, que no era de Beth Orton sino de Natalie Marchant.

  “Quiero que me recuerdes así”, le decía yo a nadie. 

  Luego, las noticias de la radio, el café apresurado, unas fotocopias, las clases… Lo de siempre.

enero 22, 2008

Fe de erratas

Filed under: Escritura,Libros — signos @ 10:16 am

  El otro día, Luis detectó una errata en un post. No es la primera vez que lo hace. En otra ocasión me dijo que había escrito teretulia  (que -como todo el mundo sabe- es la tertulia de Tere) en lugar de tertulia. De todas formas, para esto de detectar erratas, no hay como el ojo preciso de Teresa, capaz de encontrar hasta la más escondida.

  Pablo Neruda decía que las erratas son “caries de los renglones” y se quejaba amargamente de las erratas y erratones de las que era objeto: donde ponía el agua verde del idioma, la máquina puso el agua verde del idiota, y en lugar de besos, lecho y pan, puso besos, leche y pan, que al traducir al inglés se convirtió en milk. La leche, vamos.

 José Esteban

  Hay un librito muy divertido que se llama Vituperio (y algún elogio) de la errata, de José Esteban. Ahí hay ejemplos de todos los tipos y colores. Pero la palma se la lleva un libro de Alfonso Reyes, que apareció tan repleto de erratas que suscitó este comentario de Ventura García Calderón: “Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos”.

  Una de las más curiosas está en un libro de Max Aub y reza de esta guisa: Donde dice “La maté porque era mía”, debe decir “La maté porque no era mía”.

enero 19, 2008

Polvo enamorado

Filed under: Escritura,Música — signos @ 8:59 pm

Quevedo  Leí en el periódico una entrevista con Luis Eduardo Aute y me decepcionó profundamente su afición a los toros.  Decía que el mundo se dividía en dos: “taurinos y marcianos”, y que el toro es “seducción y engaño, muerte, sexo, estética, riesgo, valor. Lo tiene todo”. Nunca he entendido que un tío en una plaza redonda con un traje ridículo y un pobre animal ensangrentado puedan representar todo eso.

Menos mal que luego ya habla de otras cosas y empieza a resultar más sugerente. Dice que a Dios le preocupa mucho el sexo, ya que siempre lo invocas cuando culminas (¡Dios, Dios, qué polvo!). A todo esto, ignoro de dónde procede la expresión “echar un polvo”. Quiero creer que viene del poema de Quevedo Amor constante más allá de la muerte, en donde se da cuenta de un amor tan arraigado e intenso que ni siquiera la muerte acaba con ese sentimiento, de ahí que las cenizas continúen siendo “polvo enamorado”.

Y volviendo a los toros, lo que sí me gusta de ellos es su vocabulario: aliviarse, mariposear, puntazo, templar, verónica… En fin, todo sea por una buena corrida.

enero 18, 2008

Muñoz Molina

Filed under: Escritura,Gente,Libros — signos @ 10:28 pm

Antonio Muñoz Molina  Este de la foto es Antonio Muñoz Molina, el escritor. Juan Cruz dice de él que no ha dejado de ser el muchacho que aún no se ha acostumbrado a tener el pelo gris. Recuerdo la agradable sorpresa que me produjo leer El invierno en Lisboa hace ya muchos años. Allí estaba todo su mundo: el jazz, la barra de un bar y las cervezas en ayunas, los domingos por la mañana, los libros, los perdedores…

  También recuerdo que una vez fotocopié una página de El jinete polaco y la llevé a clase para leérsela a los alumnos. Ese texto me servía para hablar del narrador, del tiempo, del espacio… En fin, esas cosas que hacemos los profesores de literatura. Pero, me parece, que lo único que aprendieron ellos (y yo, una vez más) fue a valorar la fuerza que encierran unas cuantas palabras, capaces de sacarte del mundo y trasladarte a un espacio que ninguno de nosotros había ocupado nunca.

  Y recuerdo, en fin,  cuando leí un verano en Calpe Los misterios de Madrid, que salió por entregas en el diario El País. Su protagonista, Lorencito Quesada, un dependiente metido a investigador ocasional, era el perfecto retrato de cualquiera de nosotros. No era, claro, Sherlock Holmes ni Maigret ni Hércules Poirot. Era como el camarero del bar de la esquina, la quiosquera, el vecino del tercero o la que nos despacha los pasteles los domingos, pero dignificados por la pluma de un gran literato. Esas personas están próximas a nosotros, sabemos que son como nosotros y por eso charlamos con ellas, reímos con ellas, vivimos con ellas. El hacedor que las transforma en personajes literarios es Dios.

enero 17, 2008

Malva 61

Filed under: Gente,Libros — signos @ 8:57 am

  Hace dos viernes fuimos  los de la tertulia (que Luis llama “LACRA”) a cenar al restaurante de Juanjo. Tendríamos que habernos hecho una foto para ponerla aquí, pero somos muy sosos. De ellos ya hablé alguna vez, o tendré que hablar si todavía no lo he hecho. Pero de quien quería hablar hoy es de Juanjo.

                                         juanjo.jpg

  Aquí estamos Juanjo y yo (y Javi, que era pequeñito) hace unos años, en Palencia. Lo conocí en el año 94 ó 95, a través de Merce, que coincidió con él en un curso sobre turismo rural o algo así. Me hice enseguida su amigo porque compartíamos la misma afición loca por la literatura. Pero él estaba mejor informado que yo y eso siempre da un plus. Se leía  los suplementos culturales de todos los periódicos, y no sólo los de Valencia o Madrid, sino también los de Castilla, Galicia, Andalucía… Además,  conocía al dedillo las revistas especializadas en literatura, arte, poesía, fotografía, etc.

  Juanjo es un erudito autodidacta que tiene por maestros a Guelbenzu, Trapiello, Llop y Senabre, siempre y cuando sigan el camino recto que él mismo les ha marcado en su subconsciente. Sus gustos son,  a veces, cercanos y van hacia Baroja o Pla, y, otras veces, exquisitos, a lo Henry James o Chejov.  Con respecto a los contemporáneos, siempre pueden esperar. No leerá nunca a Millás, Muñoz Molina, Manuel Rivas o Elvira Lindo. Por supuesto, no osará acercarse a un best seller.  Jamás seguirá los consejos de Juan Cruz y siempre se dejará guiar poéticamente por  José Luis García Martín. En los blogs, no dudará en echar un vistazo al de Arcadi Espada.

  Pero, sobre todas las cosas,  Juanjo es un radical. Si hay que montar una bronca para desacreditar a ese autor que él considera un fiasco, pues se monta. Si hay que enemistarse con alguien, pues se enemista. Y si hay que acabar en el cuartelillo, pues se acaba. Todo menos dar su brazo a torcer. Es en el terreno literario lo que José Mourinho en los campos de fútbol: un grandísimo showman capaz de sacar de sus casillas a cualquiera con sus ingeniosas sandeces y su arrogancia de Dios griego (John Carling dixit).

  En fin. Juanjo ha abierto un restaurante que se llama Malva 61 y que está en la calle de la Reina, número 61, en Valencia. Háganle una visita y, de paso, pregúntenle por la novela policiaca que tiene pensado escribir.   

enero 14, 2008

Amigos para siempre

Filed under: Gente,Películas — signos @ 10:25 am

Vecinos   El otro día vi en un canal de televisión Vecinos, una película de los años 80 dirigida por Alberto Bermejo y protagonizada por un joven y melenudo Antonio Resines.

  ¡Mira!, le dije a mi hijo, Antonio Resines, el de Los Serrano. Mi  hijo me devolvió la mirada, un tanto incrédulo, y se marchó sin decir nada. Se ve que se temía que iba a empezar otra vez con batallitas del abuelo Cebolleta: “¡Mira, un 127 de la época!”, “¡Uy, ese tocadiscos, yo tenía uno igual!”, etc.

  También salía Fernando Vivanco, un actor que siempre me ha hecho mucha gracia, aunque  bastante desconocido. Y, lo más sorprendente, Carlos Boyero, que hacía también un papel en la película. Lo reconocí por su voz, ya que por la pinta que tenía entonces no había dios que lo descubriera.

  Recuerdo que vi Vecinos con mi amigo José Blasco. Vino a mi  casa y fuimos en su moto al ya desaparecido cine Goya, en Valencia. Nos reímos mucho con esa comedia costumbrista, de las que había muchas por la época, dirigidas por Trueba, Colomo o Garci, y siempre protagonizadas por los mismos, es decir, por  Resines, Carmen Maura, Óscar Ladoire, Pepe Sacristán, etc.  

  La película sólo me sirvió para acordarme de José Blasco, aquel inseparable amigo de juventud, del que hace ya muchos años que no sé nada. Es cierto que coincidí con él un día, quedamos para comer y nos dijimos que teníamos que reaunudar nuestra antigua amistad. Pera ya han pasado más de cinco años de aquel evento y seguimos sin llamarnos.

  No sé, tal vez algún día volvamos a encontrarnos, como ocurre con aquellas cosas que buscamos con ahínco una tarde y creemos perdidas, hasta que un día, por casualidad, das con ellas en el sitio más insospechado de la casa.

  No sé. Tal vez.

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