Estilema

abril 29, 2009

Poesía eres tú (y tú)

Filed under: Efímeros,Escritura,Gente,Música — signos @ 8:12 pm

  Hace algunos días se celebró el día de la UNED. En la sede de Valencia se les ocurrió organizar un día festivo en el que la gente pudiera ir allí y recitar el poema que más le gustara. Por allí pasaron políticos, periodistas, profesores, estudiantes, paseantes y amantes de la vida.

  Tal vez fue una apreciación personal, pero me dio la impresión de que, en la mayoría de los casos, la gente había seleccionado con cuidado el poema que iba a recitar,  y que esas pocas líneas en verso contenían lo esencial de su pensamiento, su filosofía de vida. Ningún invitado se tomó a broma el acto. Era tal la identificación en algunos casos que parecía que esas palabras no fueran sino de la persona que estaba recitando en ese mismo instante.

  El acto, ya digo, estaba abierto a cualquier persona. Yo mismo, que pasaba por allí,  llegué y recité un poema. Desde siempre me ha gustado uno de Juan Luis Panero,  titulado Un lejano adiós. Pero es demasiado triste. Descarté otro de Luis Alberto de Cuenca, que no me atrevo a recitar en público, y me decidí por uno que habla de la identidad. Se llama Denominación de origen: extranjero y dice así:

La patria es estar lejos de la patria:  una nostalgia de la infancia en noches
en que te sientes viejo, una nostalgia
que sube a tu garganta como el agrio
sabor del vino en las resacas duras.
La patria es un estado: pero de ánimo.
Un viejo invernadero de pasiones.
La patria es la familia: ese lugar
en el que dan paella los domingos.
Mi patria está en el cuerpo de Patricia:
mi himno es su gemido, mi bandera
su desnudez de doce de la noche
a ocho de la mañana. Tras la ducha
mi patria va al trabajo, yo me exilio.

  Es de un tal Juan Bonilla. ¿Qué poema hubieras recitado tú?

abril 23, 2009

Mortadelo en La Rambla

Filed under: Escritura,Gente — signos @ 8:48 pm

Íbamos paseando por La Rambla de Barcelona cuando vimos a Mortadelo. mortadelo-fullParecía bastante despistado, mirando a un lugar y a otro, Rambla arriba y Rambla abajo. Estuvimos bastante rato observándolo y llegamos a la conclusión de que, o había quedado con alguien y le había dado plantón, o, tal vez, no recordaba el sitio exacto de la cita e iba de un sitio a otro tratando de localizar a la persona en cuestión.

  En esta ocasión, Mortadelo no recurrió a ningún disfraz. Iba con una camisa de color negro, un pantalón vaquero y una chaqueta en tonos oscuros, además de portar sus habituales gafas redondas de cristal grueso. Tal vez se había citado con el superintendente Vicente y estaba jugando al despiste. Lo seguimos por inercia, pero a mí en el fondo me guiaba la ansiedad de conocer al superintendente Vicente. Lo hubiera abordado ipso-facto: “Hey, tú eres el superintendente Vicente. Te he reconocido”, le hubiera dicho. Imagínense, el director de la TIA en persona. Pa cagarse.

la-rambla

  Pero, como era sábado por la noche, tal vez Mortadelo había quedado con una chati. ¿Una chati? ¿Le conoce alguien un ligue a Mortadelo? La noche barcelonina tomaba otros tintes. Nos separamos para observar a Mortadelo desde diversas posiciones. Se adentró en la plaza Real, coqueteó con una negrita que, tal vez,  le propuso un intercambio sexual. Me quedé mirando a la negrita mientras Mortadelo aprovechaba mi despiste y desaparecía por alguna callejuela oscura.

  Informé al resto del comando de la desaparición de Mortadelo. La decepción fue total.

abril 16, 2009

Las novelas y la vida

Filed under: Escritura,Gente,Libros — signos @ 10:51 am

  Iba andando el otro día por la calle y me crucé con un tipo alto, grueso, con barba y gafas. Vestía un abrigo largo y llevaba sombrero. Rápidamente lo asocié con Umberto Eco. Es más, yo creo que era Umberto Eco. umberto_eco1

  Lo de los parecidos es cosa extraña. En Nueva York, Merce creyó ver a Eduardo Mendoza. Es más, se cruzó con Eduardo Mendoza. En Bruselas, me pareció ver a José Ovejero cuando todavía  no sabía quién era José Ovejero. José Ovejero, por cierto, es un extraordinario novelista que yo descubrí a través de Rosa Montero. En Bruselas, también, me encontré casualmente con mi amigo Pepe Planas. Pero, esta vez, era Pepe Planas, que estaba viviendo allí porque trabajaba en el parlamento europeo.

    Como decía,  vi a Umberto Eco y estuve a punto de hablarle de El nombre de la rosa. El nombre de la rosa es una de esas obras que ha quedado para siempre en la vida de muchas personas. Recuerdo que un amigo -no muy el-nombre-de-la-rosa1aficionado a la lectura, por cierto-  me dijo que el corazón le iba a cien por hora leyendo las últimas páginas de la novela. El nombre de la rosa es una pasada. A mí me la regaló una amiga (bueno, un poco más que amiga) cuando los dos íbamos a la facultad. Lo recuerdo perfectamente porque mis amigos no me regalan novelas. Se piensan que yo sé mucho de libros y por eso no se atreven a regalármelos, cuando yo -en realidad- no sé nada de literatura. Yo voy a una librería y me dejo convencer por una portada, unas líneas, un perfume. A veces, acierto y a veces, no. Como en  tantas otras cosas. Otras veces, cuando voy a una librería,  me encuentro con Juanjo y, entonces, no compro ningún libro y acabamos tomándonos unas cervezas y hablando de cualquier cosa.

  Pues eso. Las novelas y la vida.

abril 9, 2009

El olvido que seremos

Filed under: Escritura — signos @ 1:58 pm

A ella le gustaba esa canción, The captain of her heart, que  pronunciaba a la perfección con su perfecto inglés. Nos conocíamos de los tiempos de la facultad y quedábamos muchos domingos, para tomar un café o una cerveza y contarnos cómo nos iba. Ese domingo me llamó ella y nos fuimos a un bar de Benimaclet.

  Estábamos charlando cuando un altavoz  se descolgó de la pared y le cayó en la cabeza. Le pilló de pleno ese gran altavoz de madera. Vi su gesto de dolor, una fracción de segundo,  antes de que se desplomara sobre el suelo.

  La llevamos al hospital y allí permanecimos mucho tiempo antes de que recobrara el sentido. Cuando empezó a hablar, no recordaba nada: ni qué había pasado, ni cómo se llamaba, ni quiénes éramos todos los que nos encontrábamos a su alrededor. Su familia, los médicos y yo nos miramos un tanto perplejos.

  La vi bastante durante las siguientes semanas. Seguía sin conocer a nadie y sabía poco de sí misma. Hablaba mejor en inglés que en castellano, estaba siempre de buen humor y resolvía cualquier problema con extrema facilidad. No le costó nada encontrar un trabajo mejor y, con el tiempo, acabó marchándose a Estados Unidos.

  El otro día la vi. Estaba sentada en la sala de embarque del aeropuerto de Bruselas. Me sonrió y me quedé sorprendio. “Hola”, le dije. “¿Qué tal”, contestó. “¿Me reconoces?”, le pregunté. “Claro. Tú eres el médico que me atendió cuando me cayó aquel altavoz en la cabeza”, respondió. Sonreí. No quise cortar ese momento mágico con la lluvia cayendo detrás de aquel ventanal y los aviones desapareciendo por entre las nubes. “Tienes buena memoria”, le dije.  “No creas”, contestó levantándose del asiento. “Todavía no he conseguido recordar quién estaba conmigo en el bar aquella tarde de domingo”. “¿No?”, pregunté haciéndome el interesante. “No. Y hago esfuerzos por acordarme, no te creas”, contestó antes de salir para coger el avión.

abril 3, 2009

Rudy Ventura

Filed under: Gente,Música — signos @ 4:30 pm

    Ayer murió Rudy Ventura. Puede que este nombre no le diga nada a mucha gente. A mí, por esas cosas de la vida, sí. rudy-ventura

  Cuando era niño, tenía un compañero que se llamaba Murgui. Yo iba hasta su casa, que estaba próxima a la mía, y allí su madre nos acompañaba hasta el colegio. El padre de Murgui era músico e iba con la orquesta de Rudy Ventura.   Eso a mí, que tenía diez años o así, me debía de flipar bastante.  Por lo pronto, el padre de Murgui nunca estaba en casa porque se encontraba viajando por Europa y América con la orquesta. Siempre que en televisión salía Rudy Ventura, todos nos poníamos a mirar para ver si localizábamos entre los músicos al padre de Murgui.

  Mientras nuestros padres se levantaban cada mañana para ir a trabajar a la tienda, al banco o a la oficina, el padre de  Murgui, un tipo alto al que yo recuerdo vestido de negro, tocaba la trompeta en una sala de baile al otro lado del mundo. Su casa, que era antigua, con los techos muy altos y con un suelo de mosaico, tal vez era el reflejo de aquel hombre que casi nunca la habitaba.

  Ayer, cuando iba a Sagunto, oí la noticia en la radio, mientras sonaba de fondo una melodía  típica de orquesta,  y su amigo José Guardiola contaba  anécdotas del músico.

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