Estilema

abril 30, 2010

Islas

Filed under: Escritura,Gente — signos @ 7:35 pm

Por razones de trabajo estoy releyendo Todas las almas, una de las novelas más célebres de Javier Marías. La edición que tengo es de enero de 1990, aunque la novela salió en marzo de 1989. Yo la leí, o la compré, en septiembre de 1992, al menos eso pone en la primera página, con mi letra de entonces, que no es demasiado diferente de la de hoy. Es decir, la leí en la época en que iba a pisar por primera vez, o no tan primera, aquel instituto en el que pasé tantos años de mi vida, cuando éramos tan jóvenes esos que, todavía hoy, a veces nos juntamos aquí en el blog o en algún bar de mala reputación o en un restaurante de cenas caquécticas. Supongo que esa novela, Todas las almas, me gustó entonces: la historia de un profesor que va a Oxford y se diluye en esa ciudad de almíbar, como él la llama, viviendo amores con una mujer casada o ilustrando a los alumnos sobre esa polvorienta y aburrida literatura española de posguerra (de la que el propio Marías forma ya parte, no de la de la posguerra, claro, sino de la actual, del siglo XXI la llaman ya algunos profesores y manuales).

Pero yo volví a  Todas las almas en 1998 ó 1999, cuando leí con fervor Negra espalda del tiempo, una novela formidable que a casi nadie gusta (no, al menos, a ninguna de mis amigas, a las que se la recomendé con pasión). Marías es un misógino, me dicen, y su prosa no hay quien la aguante, de frases tan largas, enrevesadas, y la acción no avanza casi nada, parece que no tenga nada que decir y vuelta a empezar, y así siempre. Pero Negra espalda del tiempo es una novela rara, extraña, y remite a pasajes enteros de Todas las almas, porque Negra espalda del tiempo, su génesis, surge de un personaje de la historia oxoniense, de nombre Alan Marriott, que cita a un autor galés, Gawsworth, el cual llegará a ser el primer rey de Redonda, una minúscula isla antillana.

Y hete aquí que yo, en estos días inciertos que he pasado en los que tantas cosas han pasado, me he perdido en un mapa más bien borroso, como soñado, y me he visto navegando de una isla a otra. Que no teman CrisCrac y Atticus porque no me he ido, al menos no para siempre, sino que, siguiendo la estela de Todas las almas y Negra espalda del tiempo (esta última, en espera del tiempo necesario para volver a ser leída), he ido buscando una isla desde la que poder escribir o, más bien, una isla en la que poder coronarme como escritor (ficcionalmente, por supuesto), más que para ser rey para tener reino, y así poder, a la manera de Redonda, repartir ducados y altas distinciones. Pero mi isla no sería antillana, sino más bien nórdica y joven: la isla de Surtsey, en Islandia, que empezó a formarse en 1963.

Así CrisCrac sería el Duque de Aleixandre (en honor a ese poeta por el que siente cierta debilidad), aunque cabe la posibilidad de que -quisquilloso como es- no admita ese nombre y escoja otro más extravagante o libertino. De Atticus no conozco muy bien sus gustos, tal vez me inclinaría por nombrarle Duque de Rohmer, dada su querencia por el cineasta francés, o Duque de Millennium, en homenaje al género policiaco. Podría nombrar aquí a otros habituales del blog y otorgarles ducados y marquesados: el Marqués de Tàpies, la Duquesa de Belbel,  la Princesa de Barnes, el Infante Guillermo, etc. Pero prefiero esperar. A fin de cuentas este post sólo era una excusa. Como dijo alguien, a una isla desierta sólo me llevaría una barca para poder volver.

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