Estilema

julio 30, 2010

Oxford

Filed under: Escritura,Viajes — signos @ 10:55 am

Tal vez uno debería ir a Oxford y después leer Todas las almas, la novela que Javier Marías escribió tras su estancia en esa ‘ciudad de almíbar’, como él la llama, y cuyo personaje principal es un trasunto del propio autor. Yo he hecho lo contrario, es decir, leer la novela y después ir a Oxford. La leí hace mucho tiempo y la he releído hace poco, por otros motivos. Esperaba encontrarme una ciudad sumida en el pasado y en la tradición, con sus dons caminando por la calles, con sus estudiantes en bicicleta y sus librerías de viejo.  Pero, más bien, me he encontrado una ciudad invadida por gentes con cámaras fotográficas, colleges rancios medio cerrados y en donde el acceso a los turistas nunca está permitido (en realidad, Oxford no sabe cómo quitarse de encima a los turistas), pocas bicicletas y sí muchos autobuses por las calles (ellos mismos forman los atascos cruzándose por las avenidas o no dejando pasar a los vehículos pequeños) y librerías que parecen supermercados (quitando Blackwell’s).

Pero, bueno, puedes cerrar los ojos mientras te apoyas en una pared de All Souls;  puedes imaginar la presencia de Jorge Guillem o Luis Cernuda cuando caminas junto a la Tayloriana;  puedes ver la ventana del despacho de Clare Bayes, en Catte Street, frente a la antigua biblioteca Bodleiana, o puedes  entrar en Blackwell’s y perderte en su inmenso sótano que se extiende por debajo del Trinity College.

Aunque sólo sea por eso, por la sensación de estar habitando en una novela o en una película, vale la pena ir hasta allí.

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julio 4, 2010

…y es Camp de Túria

Filed under: Escritura,Gente — signos @ 10:37 am

  Hace unos días me llamó Ada del instituto de Llíria porque iban a hacer una cena. Iban a despedir a Luis, a Isabel y a Carmen, que se iban a otro centro, y a Manel, que se jubilaba. Fui a ver a mis antiguos compañeros y, de paso, a despedirme  de todos, porque yo también me iba definitivamente, aunque ya me había ido hace cuatro años. Una paradoja que nadie supo resolver. La verdad, era bastante complicado.

  No soy una persona muy nostálgica. Fueron años de juventud y de alegrías, y lo pasé (lo pasamos) bien durante el tiempo que estuvimos allí. Tal vez, como dicen algunos,  lo mejor del centro es ese calorcillo humano que se respira y que hace que todos se marchen con un puntillo melancólico. A mí ese puntillo me dio el último día, pero como casi no bebí lo superé enseguida.

  Saludé a unos y a otros;  me reí mucho con el bailecito-molón que se marcó el claustro de profesores (si bien yo sólo me fijé en Isabel, Concha y en una chica que no conocía de nada, pero que también me resultó atractiva);  me desternillé con Claudi y  Elu,  a lo loco y riéndose de su sombra; charlé con Juanjo como si nos viéramos todos los días, y  terminé con Juana, Teresa y Mara, porque, al final, por mucho que uno se mueva,  siempre acaba en el sitio donde le gusta estar.  Por lo demás, saludé a Manolo (mi director), hablé -poco- con Chelo (mi  jefa de estudios) y bastante más con Luis (mi secretario, con permiso de Salva), aunque no le entendí casi. Un tipo con barba amenizó la velada, guitarra en mano, y en dos lenguas distintas (pongamos que hablo de Juan Carlos).

  Y, sin embargo, mi sorpresa vino con alguien que, en un principio, no vi. Me acerqué a él tímidamente y enseguida noté que, de verdad, era de esos que se alegraba de verme después de tantos años. Barrachina me dio un abrazo y enseguida me transmitió la emoción sincera del encuentro. Barrachina es un pedazo de ser humano, un tipo socarrón y divertido, un artista, un bon vivant. Barrachina es el cuiner en las reuniones, el guitarrista en los saraos, el fallero en el casal, el pintor en la exposición, el cantante en el karaoke y el pirotécnico en la mascletà; pero también es el lector en la biblioteca, Velázquez en Las Meninas, la voz en el silencio y  los colores en la paleta. Barrachina ha sido el alma mater del instituto, si no de sus días, sí de sus noches. Seguro.

  Con las prisas de última hora, me marché sin despedirme de él. De todas formas, espero volver a verte, Barri.

PD. Gracias, Lidia, por las fotos.

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