Estilema

noviembre 16, 2012

Son las matemáticas (y Peret), estúpido

Filed under: Escritura,Música — signos @ 6:41 pm

Son las matemáticas, estúpido se  titula un artículo que leí el otro día en el diario El País y que me dejó muy pensativo. Está escrito por un tal Luis Garicano, una eminencia (se ve) en el mundo de las finanzas. No en vano es catedrático en la London School of Economics. Venía a defender la importancia de las matemáticas en el mundo actual, cosa que nadie pone en duda, y a medida que iba leyendo el artículo más me iba convenciendo de todo lo que decía. Somos fáciles de convencer (se ve) por estos nuevos gurús que han sustituido a filósofos, literatos y periodistas de un plumazo.

El artículo acababa hablando, como no,  de educación. A los niños, dice, no se les exige suficiente porque las clases son demasiado blandas, rutinarias y memorísticas. Dice que los chicos salen del colegio sin haber adquirido los tres fundamentos claves necesarios para salir adelante en la economía del conocimiento (“economía del conocimiento”, ¡caray!): un nivel avanzado de confianza en el uso de las matemáticas y la estadística; una capacidad elevada para escribir un argumento, no solo correcto gramaticalmente, sino razonado con claridad y convicción; y un nivel avanzado de inglés.

Mediten sus palabras. Y luego asientan. ¡Qué razón tiene el jodío! Fíjense en cualquiera de esos economistas con corbata que sale en la tele (y ha estudiado en el Caxton College y en la London School of Economics): nivel avanzado en el uso de las matemáticas y estadística, capacidad para razonar con convicción, nivel avanzado de inglés. ¡Qué estúpidos hemos sido! No era la filosofía, ni la literatura, ni la historia. Eran las matemáticas, aplicadas (claro) al mundo financiero.

Cuando era un adolescente, entré en un bar del barrio del Carmen y me quedé fascinado viendo a un grupo de jóvenes, sentados en taburetes e iluminados por las luces tenues de unas velas, cantando una canción de Peret. “Corazón, corazón”, repetían unos mientras otros daban palmadas. No eran matemáticas, pero su ritmo era tan perfecto como los pasos de una demostración; tampoco admitía razonamientos convincentes porque en asuntos del corazón ya se sabe que la razón tiene poco que hacer; y, por último, no era inglés, pero su lenguaje era mucho más universal.

No sé qué sería de esos jóvenes, pero a Peret no le fue mal en la vida, ¿no?

Anuncios

noviembre 6, 2012

Orangetown

Filed under: Escritura,Libros — signos @ 5:51 pm

  El lingüista Salvador Pons ha hecho una pausa en sus investigaciones académicas para adentrarse en el mundo de la literatura. Orangetown es una novela cítrica, sin azúcar, para beber nada más levantarse, tal vez después de una gran resaca. Cuenta la historia de Javier Vázquez, un abogado al que le cae en suerte en el turno de oficio defender a Petre Rumescu, un rumano que ha entrado en la casa de Rocafort de Antonio Vidal y se lo ha cargado junto a su mujer y su hijo. Un marrón: todo el mundo se lo dice, pero él parece aceptar el devenir como un suceso más de la vida. A fin de cuentas, el protagonista no tenía gran cosa que hacer. La vida no es una película, ni siquiera una novela: el trabajo escasea y el que llega deja poco dinero; las mujeres, aunque abundantes en la noche mediterránea, escapan a cualquier tipo de seducción. Pareciera como si el trabajo y las mujeres siempre se fueran a otro sitio.

  Al bufete de Tomás Valcárcel, por ejemplo. Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate era el recado de Dante que Valcárcel dejaba en la puerta de su despacho en la Facultad el día en que los alumnos iban a la revisión de exámenes. Era como si Tomás Valcárcel (que había sido profesor de Javier) quisiera avisar al protagonista. Irremediablemente, Vázquez va a tener que enfrentarse a él porque Tomás ejerce la acusación particular en  el caso del asesinato de Rocafort. “No tienes nada que hacer contra nosotros, Javier. Pero, como me caes bien, te voy a proponer un pacto”.

  Pero Javier Vázquez es un ingenuo, o quiere ascender socialmente, o le atrae el poder, o es inteligente, o quiere estar cerca de Verónica. O todas estas cosas. E investiga por su cuenta y empieza a descubrir toda la basura que se esconde tras el caso: las recalificaciones de terrenos, los concejales corruptos, los intereses inmobiliarios… Lo que todo el mundo sospecha. Y los que tienen la sartén por el mango saben que la única forma de llevar al enemigo a su terreno es cegarle con el poder, con el lujo, con el sexo. Y eso es precisamente lo que hacen con el protagonista, que se cree que controla la situación, pero no. Es un observador privilegiado de lo que ocurre. Eso es todo.

  Me llama la atención la cutrez del tejido social valenciano que pinta el autor. Tomás es un abogado prepotente, de rancio abolengo, acostumbrado a hacer lo que le da la gana; Joaquín Meseguer, un empresario con contactos en el Ayuntamiento y chanchullos a tutiplén; Andrés Vicente, un trepa de la Universidad; José Luis Montagut, un concejal corrupto. Pero toda esa creme valenciana, tan elegante,  se despierta todos los días falleros con petardos y buñuelos pringosos, se pone ciega de paella y sangría antes de ir a la ofrenda y se acuesta borracha de gin tonics  servidos por un cabeza de turco que acabará pagando los desmanes mientras un ayuntamiento afín a sus intereses permite todas las tropelías que se cometen por las calles de la ciudad.

  Da repugnancia ese ambiente repugnante de empresarios y políticos autóctonos que pinta el autor en Orangetown. Pero es así. Solo se salva la belleza de Verónica (a la que es imposible resistirse), la inocencia de Elena, los buenos consejos de Miguel, y, si acaso, los pasos acertados y desacertados de Javier Vázquez, el protagonista. Sobre su conciencia cae haber actuado de esa manera. Sobre la de todos, quizá, apoyar o hacer la vista gorda (según los diferentes intereses) a un modelo de sociedad que ha hecho agua y que ya empieza a hundirse con todo el pasaje dentro.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.