Estilema

febrero 9, 2013

Una tarde en la biblioteca

Filed under: Escritura,Gente,Libros,Viajes — signos @ 11:14 am

Los libros abren la puerta a posibilidades maravillosas. Y no hablo solo de las novelas, sino de esos libros catalogados como ensayos, monografías, tratados, obras de consulta, atlas, enciclopedias, diccionarios, etc. El otro día, por razones que no vienen al caso (o tal vez sí, pero ya lo explicaré en otro momento) eché la tarde en una biblioteca. La tarde de febrero, ventosa, fría y con algunas gotas de lluvia, invitaba a refugiarse en algún lugar.  Y la biblioteca Joan Reglà, prácticamente vacía tras los exámenes de enero, era lo más parecido a un paraíso borgiano.TNT_Ford

Abrí el libro y en la primera página figuraban una serie de nombres, manchas de tinta  que se hacían responsables del contenido del volumen, el tomo primero del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica. Un atlas lingüístico viene a ser una colección de palabras que lingüistas apasionados van recogiendo por los más recónditos lugares del territorio para que no se pierdan del todo y alguien pueda constatar que un día existieron.

El ALPI fue una idea de Tomás Navarro Tomás (o TNT), que logró convencer a cuatro estudiantes para que recorrieran la Península, ya fuera andando, en burro, en autobús y ,más tarde, tras multitud de súplicas y ruegos, en un Ford destartalado, para atrapar todas esas palabras que, como humo, estaban a punto de desvanecerse en aquella España rural. El ALPI empezó a forjarse en los años 30, se interrumpió durante la Guerra Civil y se reanudó (aunque ya nada fue igual) a principios de los 50.  Al final, solo se publicó el primer volumen, en 1961.

A medida que me iba adentrando en el ALPI, menos me interesaba el contenido y más la vida de los que lo estaban haciendo. Su trabajo los llevó a compartir horas, vivencias, bares, borracheras y confidencias. Los llevó a ser amigos. Me imagino a  Sanchis Guarner, maldiciendo su suerte o  desternillándose en la barra de un bar, contando cuando tuvo que abandonar el Ford por una FORD_AinaMoll(2003)FidelitatTossudanecesidad fisiológica urgente. El famoso auto, sin freno por las prisas, cayó por una pendiente y volcó. Su bien más preciado, que había costado más de cinco mil pesetas, echado a perder por un apretón en el momento más inoportuno.

Vuelvo al inicio, a esas manchas de tinta sobre la primera página. A los que hacen posible los libros. A las personas. A la amistad.  A la vida. A lo más importante.  Piensen en ello (y en ellos y  ellas) cuando abran las páginas de uno de esos mamotretos.

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febrero 3, 2013

Amigos que no he vuelto a ver

Filed under: Escritura,Gente,Libros — signos @ 8:29 pm

Amigos que no he vuelto a ver  Ha sido esta mañana cuando lo he pensado. ¿Qué será de M? ¿Qué estará haciendo ahora P? ¿Por dónde andará C? Supongo que no me ocurrirá  a mí solo. Todos  nos hemos preguntado alguna vez por aquellos amigos o aquellas personas con las que compartimos un tiempo que, de tan lejano, se nos presenta mucho más feliz que el que vivimos ahora, tan gris, con un futuro tan incierto.

El compañero de colegio, la chica que vivía en mi barrio, la amiga de la facultad… Ubi sunt? Cierras los ojos y es la  pregunta que se hizo Jorge Manrique en el siglo XV y que, a su modo, se han hecho todos los poetas nostálgicos. Ignacio Vidal Folch escribió hace unos años Amigos que no he vuelto a ver. Solo por ese título, el libro debería ser lectura obligatoria en cualquier curso para mayores de 25 años. Soledad Puértolas recopiló unos cuentos y le dio el título de Gente que vino a mi boda. En una tarde aburrida, mi amigo B me enseñó su álbum de fotos de la boda. “Ya no queda casi nadie”, me decía con cierta nostalgia. Por no quedar, no quedaba ni la novia, que se había largado con un promotor inmobiliario en los años de abundancia.

Ubi sunt? Hace unos años S, en un esfuerzo titánico, reunió a casi todos los que hicimos EGB en el colegio. La comida fue graciosa, no hay que negarlo. Allí estaban todos, o casi, los que estudiamos en un tiempo en el que nada parecía que iba a cambiar. A la salida, algo achispado, me monté en un tranvía que creí me iba a acercar a mi casa, pero, cuando me quise dar cuenta, no sabía dónde estaba.

Es curioso. Todo ese paisaje y toda esa gente que nos forjaron hoy no es más que un poco de humo en lontananza.

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