Estilema

abril 23, 2014

Esperanto

Filed under: Efímeros — signos @ 11:06 am

El otro día leí en el periódico una entrevista con un profesor de esperanto. Rápidamente, mi mente novelesca y febril imaginó una historia en donde el protagonista era un profesor de esperanto. ¿Alguien imagina a un tipo tan desamparado, tan anacrónico, tan perdido en este mundo anglosajón y cibernético? Que duda cabe que  profesor de esperanto equivale hoy en día a ser, por ejemplo, representante de carretes fotográficos de Kodak, vendedor de máquinas de escribir o productor de cantantes que graban en vinilo. Poner en tu currículum “profesor de esperanto” es ganarte por vía directa un puesto a la entrada de  Mercadona o en los alrededores de una iglesia. A día de hoy, ser “profesor de esperanto” solo tiene cabida en una novela de perdedores, editada en bolsillo por un grupo al que no le importe demasiado perder un poco de dinero con títulos arriesgados y para minorías.

Pero hete tú aquí que, adentrándome en la entrevista, leí que, gracias a su dominio del esperanto, se libró de ser recluido en un campo de concentración. Antonio Marco, de 93 años, huyó al final de la Guerra Civil en un carguero camino de México, pero acabó en el norte de África, en el Camp Morand, el mayor de los campos de reclusión norteafricanos. Gracias a su dominio del esperanto, que dice era “el idioma de la paz”, impartió clases a una treintena de refugiados y evadió el drama de la reclusión. Así que el conocimiento de esa lengua, que hoy nos parece más bien inútil, le sirvió para salvar la vida.

Durante mis años jóvenes, había una academia de esperanto en Fernando el Católico, cerca de donde yo vivía. Siempre me llamó la atención esa academia y esa lengua. Llegué a entrar un día a aquel lugar a pedir información, pero a mi padre le pareció una tontería  que yo aprendiese una lengua tan extraña. “Aprende inglés”, me dijo con buen criterio.  Ahora vivo muy cerca de la calle doctor Zamenhof, el médico que ideó esa lengua artificial. Así que nunca he tenido muy lejos el esperanto.

No sé. A mí me hubiera gustado que hubiera triunfado el esperanto. Con un poco suerte, la academia todavía seguiría allí.

 

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