Estilema

septiembre 28, 2014

El sur

Filed under: Gente,Libros,Películas — signos @ 7:21 pm

El sur_Erice

La película se llamaba El sur y estaba dirigida por Víctor Erice. Erice era uno de esos directores que llamaban “de culto”. Venía de dirigir El espíritu de la colmena, tal vez la mejor película del cine español: “magistral, moderno y complejo filme”, decía La Turia, la Biblia cultureta de mi juventud. Sobre Erice había una especie de halo místico que lo hacía todavía más atractivo: que solo dirigía una película cada diez años, que para sobrevivir hacía publicidad, que era un tipo solitario y extraño…

EL SUR_AdelaidaEl otro día me enteré del fallecimiento de Adelaida García Morales. La noticia solo merecía un breve en el diario. García Morales escribió el relato El sur, que publicó Jorge Herralde en Anagrama y que dio lugar a la película de Erice. Adelaida García Morales fue pareja de Víctor Erice y sobre ella también corrían muchas leyendas: que si era muy guapa (había sido modelo), que era profesora de bachillerato y se tuvo que dejar este oficio porque no aguantaba a los alumnos mascando chicle, etc.

Todos mis amigos de entonces vimos la película y nos enamoramos de esas imágenes, pese a que (decían) era una película incompleta (faltaba la mitad del metraje, escamoteado por su productor, Elías Querejeta, atento solo a los fines comerciales) y pese a que su actor principal, Omero Antonutti, que venía de protagonizar la exitosa Padre padrone, estaba doblado y resultaba algo hierático en su personaje. También leímos, por supuesto, el relato de Adelaida García Morales, que Anagrama tuvo que publicar con otra historia porque El sur  ocupaba poco más de cincuenta páginas.

Pero a nosotros nos daba igual. Idolatramos El espíritu de la colmena sin entender un solo fotograma; celebramos El sur por aquellas imágenes que destilaban una bella tristeza y comentábamos con pasión el libro de García Morales en antros de mala muerte mientras bebíamos whisky escocés con hielo.

Toda esa generación nos dejó su visión del mundo, que es también la de muchos de nosotros. No les importaba demasiado el ego ni la cuenta de resultados. Todo lo contrario de lo que pasa hoy. Una lástima.

 

 

septiembre 21, 2014

Jonás, que cumplirá 25 en el año 2000

Filed under: Escritura,Libros,Películas — signos @ 9:22 pm

No sé si recordarán ustedes aquella película de Alain Tanner. Seguramente, no. Aquel cine europeo de los setenta y los ochenta se ha olvidado hoy, tal Jonásvez esperando tiempos mejores, tiempos que no celebren tanto la contención salarial, la bajada de la prima de riesgo y las fluctuaciones del mercado. Alain Tanner es un suizo, amigo de la  poesía y de la belleza, que ideó una historia en donde una mujer veía nacer a su hijo Jonás, que cumpliría 25 años en el año 2000.

Quien seguramente sí vio, y recuerda esa película, fue Fernando Trueba, que se puso manos a la obra y llamó a su hijo Jonás, que  cumplió 25 ya pasado el año 2000. Lo cierto es que Jonás Trueba lleva el germen de la película de Alain Tanner, ese helvético que hizo que nos enamoráramos de Lisboa en aquella inolvidable película sobre la ciudad blanca.

Jonás Trueba rodó una película, Todas las canciones hablan de mí, que lleva dentro el espíritu de todas esas películas europeas de los años setenta y ochenta. Es una película que no se parece a ninguna de las que se ruedan hoy en día porque su espíritu está en otra época, o mejor, en una época que está a punto de recuperarse, esa que habla del rollito de la poesía, el arte, el amor, la solidaridad… Yo ya no creo demasiado en ella, pero ellos sí, por eso hay que darles la bienvenida y abrir la posibilidad a un mundo que creíamos acabado para siempre.

Un día vi en una librería un libro de Jonás Trueba, Las ilusiones. Me gustó la portada y lo que se decía en la contraportada: “He aquí una novela sobre eso que suele llamarse enfáticamente, pero no siempre con acierto, ‘la vida misma’, con sus contradicciones y hermosas torpezas, con sus glorias efímeras y promesas de felicidad”. No lo compré porque ya llevaba dos o tres en la mano, pero me quedé con ese título, esa portada maravillosa, esas palabras de la contraportada, e incluso con el nombre de la editorial (Periférica) y de la colección (Largo recorrido).

Un día, en una librería de otra ciudad, me volví a encontrar con la novela. Esta vez no pude resistirme a la tentación. La compré y la leí de un bocado (son sesenta páginas) en el balcón de mi casa, mientras miraba hacia la calle, la misma de hace veinte años, y me veía a mí mismo preguntándome todo aquello que se pregunta el protagonista de Las ilusiones: “¿Y todas esas cosas que oigo, o que me cuentan, esas anécdotas que siempre me digo que hay que meter en una película? ¿Dónde están? ¿Por qué no recuerdo ahora ninguna?”.  Las ilusiones

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