Ayer estuve con la gente de Llíria. Es decir, estuve con la gente que ha estado conmigo en los últimos trece o catorce años (¡uf!, hay que contarlos para darse cuenta). Aquí podemos ver una foto que nos hicimos hace mucho tiempo.
Estuve con Luis, Juan Carlos, Concha, Teresa, Paco, Ada, Empar, Barra, Juana, Elu, Zamorano… No vi a Pepe Aigües, ni a Deo, ni a Claudi, ni a Vicent, ni a Lastra, a los que echo de menos. Pero sí vi a Juanjo, con su consistencia, su barba, sus gafas y esa ruidosa carcajada con la que acompaña todas sus sentencias. Dice que ya le cansan las clases, pero -en el fondo- no es cierto, porque él ha nacido para esto de la docencia, si la docencia consitiera aún en la transmisión de sabiduría y no en el coñazo pedagógico en el que se ha convertido. Jamás he visto a Juanjo por los pasillos con una cartera o con papeles bajo el brazo. Él iba a clase con las manos en el bolsillos, se sentaba y empezaba a transmitir sabiduría. Luego, continuaba en el bar, porque él no hace esas distinciones tan sutiles que hacemos todos entre bar, aula y pasillos.
En su aspecto físico siempre me ha recordado a Àngel Casas, aquel presentador catalán tan divertido que sabía sacar a sus entrevistados todo el partido posible. Y también tiene algo de Fernando Savater, tal vez por la barba, las gafas, o esa pasión con la que cuenta las cosas. El cóctel entre espectáculo y sabiduría da lugar a su persona.
Así que imagínense la escena: suena una música, a continuación unos aplausos y aparece sobreimpresionado en la pantalla el rótulo de “El show de J.J.” y un señor con barba empieza a hablar con rigor y amenidad de cualquier acontecimiento histórico, responde a las preguntas de los telespectadores y comenta las imágenes más significativas de la semana. Y todo ello con una audiencia millonaria.
Pa’ cagarse.